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Arnal Ballester

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Arnal Ballester

Publicación : 04 de junio de 2017

 

Por Octavio Ferrero

 

El último libro ilustrado por Arnal Ballester se distingue al primer contacto, es un enrome tablero con un juego en una de sus caras y un cuento en la otra. Hay cierta atracción, a la que no se puede más que terminar cediendo, que emana de esta peculiar historia, ¡vamos a jugar! 

‘Una pierna’ (A buen paso, 2016), escrito por Carlos Grassa Toro e ilustrado por Arnal Ballester, es un libro de cuatro páginas o un tablero de juego si se despliega al completo. El texto, fue un regalo al ilustrador, “celebraba el nacimiento del hijo de un ilustrador, mientras lo escribía imaginaba, deseaba que el padre, Arnal, lo ilustrara. Quería mantener así una manera de crear unida a la celebración de acontecimientos vitales privados; ya lo había hecho con Una casa para el abuelo, junto a Isidro Ferrer y con Una niña, junto a Pep Carrió”. Grassa Toro nunca pensó que su texto acabaría siendo un ‘juego ilustrado’, “fue una sorpresa que pronto entendí como un gran acierto. El juego ahonda en esa idea de contingencia que tiene la guerra, contingencia que se escapa a la voluntad de los que la sufren, que quizás sean todos los que participan en ella”.

En una agradable entrevista con Arnal Ballester ahondamos en los secretos de una de las novedades más llamativas de finales de año y en los pormenores a los que se enfrenta un ilustrador en su trabajo.

 

‘Una pierna’ es una obra en la que se intuye una gran colaboración entre ilustrador y escritor, ¿ha sido así?

En realidad no, salvo por la amistad que tenemos que ha planeado sobre mi trabajo. Ha sido un trabajo muy en solitario. Pero hay una sintonía muy grande con Carlos (Grassa Toro). El texto me lo regaló por el nacimiento de mi hijo hace 12 años. Yo creo que la verdadera conexión está aquí.

 

¿Físicamente como se plantea el libro?, por una cara tenemos el juego y por la otra la historia que casi podríamos seguir a través de las ilustraciones. 

El juego es lo que constituye la interpretación gráfica del libro. Aunque la ilustración del libro la hice en dos tiempos. La primera idea, y de hecho es la fuerte, es la construcción de ese juego. Es una historia que tiene un trasfondo de azar o de meditación sobre el azar. Se me ocurrió que la manera más adecuada de ilustrarla era inventando un juego. Esa fue la propuesta sobre la que trabajé. Luego, en el mismo proceso me fui embalando y decidí hacer otra versión, que son esos dibujos que aparecen como un caos de personajes que se ven por detrás del texto. Sin la interferencia del texto, uno podría seguir la historia del personaje principal. Es una ilustración que está como en dos canales en el libro y el canal principal es el juego, que es una metáfora del texto según mi interpretación.

 

En tus comienzos como ilustrador trabajaste con juegos, juegos de rol en este caso…

Sí, aunque mi paso por el mundo del rol fue completamente marginal y muy a la contra. Puedo decir que lo que yo hacía como ilustrador de una revista especializada, líder en ese momento, y luego la ilustración de algunos juegos, era francamente odiado por una gran parte de los jugadores de rol (risas). Eso me consta.

Nunca he tenido tendencia al juego, nunca he jugado al rol, pero es una parte de mi trabajo, de mi carrera, de la que me siento muy contento. Me divertí mucho. En primer lugar, tocándole las narices a los jugadores de rol que estaban secuestrados por estilos ampulosos y pseudorealistas, que eran los que dominaban en aquel tiempo. Luego, porque realmente el editor de los juegos y la revista me dio mucha libertad para trabajar. Realmente es una etapa que recuerdo con enorme cariño.

 

En este juego que es el libro, un particular juego de la oca, ¿las reglas fueron cosa de dos o te las trajiste de casa?

Eso fue una decisión mía. Después de muchos años decidí ilustrar el libro y se lo propuse a la editora. Mira que Carlos y yo nos hemos visto veces, porque tenemos una gran amistad, pero no recuerdo que en todos estos años hayamos hablado nunca del libro y de cómo hacerlo.

Ahí asumo completamente mi responsabilidad. Las reglas del juego e, incluso, el redactado de las reglas es mío.

 

Hay que prevenir a los lectores de que las reglas del juego están en la parte de dentro de la banda de papel que envuelve el libro, no la vayan a descartar por descuido y tengan que ir a recuperarla del interior de una papelera, como me pasó a mí…

Creo que eso es fruto, y vale la pena decirlo, de la precariedad con la que a veces se editan las cosas. La banda a la que te refieres debía ser de tela serigrafiada, justamente para evitar eso. En el momento en el que tienes algo más sólido entre las manos, es difícil que lo tires. Pero supongo que por razones de presupuesto se convirtió en una banda de papel y cuando el diseñador Miquel Puig, el tercer hombre en este libro, y yo lo vimos, se nos pusieron los pelos de punta. Es el pequeño fallo del libro, aunque es un problema de producción.

 

Me llamó la atención, cuando recibí el libro, al leer la hoja de promoción, encontrar frases como “un cuento en formato juego para que los más pequeños aprendan dos de los conceptos más importantes en el mundo: la guerra y la paz”, “La guerra no es un cuento ni un juego. Este libro que no parece un libro distingue entre el cuento, el juego y la guerra”. ¿Dónde comienza la guerra en este cuento y dónde podemos encontrar algo de paz?, el cuento se lee, al juego incluso se puede jugar, pero la guerra y la paz cuesta más encontrarlas.

Eso tendrías que preguntárselo a los que han organizado el márquetin del libro. Hay que hacer constar que los autores no nos sentimos muy identificados con ese enfoque.

Esa frase es puro márquetin. Yo no comparto esa visión didáctica sobre el libro. Nuestra intención no ha sido aleccionar a los niños sobre la paz y la guerra. Una vez más se mezclan churras con merinas. Carlos y yo somos decididos enemigos de la guerra y antimilitaristas, ahí se nos ve el plumero, pero en ningún caso, ni la ilustración ni el texto, persigue ningún tipo de empresa pedagógica sobre esos temas.

Yo me imagino que una de las grandes esperanzas de un editor en este país, si quiere sobrevivir, es que se vendan muchos libros a través de las escuelas, en todo ese circuito paraescolar que existe. Y claro, supongo que desde el punto de vista de la promoción hay que echar mano de ese tipo de cosas. Se confunde el hecho de que detrás de una obra exista siempre una cierta concepción del mundo -eso es as-  con que la obra sea un acto de propaganda de esa concepción. A mí me parece que es lamentable.

 

Además, desde la perspectiva de un niño todo se ve de otra manera…

Claro, es bueno que las ideas estén y se filtren de una manera orgánica con la disposición del niño, no solo a entender sino también a jugar y a disfrutar. Y ese tipo de cosas convierten el placer en un adoctrinamiento y estoy en completamente  en contra de eso.

 

El cuento te lo regaló Carlos por el nacimiento de tu hijo, ¿cuál fue tu primera reacción al leerlo?

Me gustó muchísimo, era un cuento precioso. Yo no sé si en ese momento él tenía la secreta esperanza de que yo lo ilustrara, pero ocurre que a mí me cuesta bastante ilustrar las cosas que me gustan mucho.

En contra de lo que pueda parecer, creo que la ilustración es un acto de distanciamiento. Así que si al final decidí ilustrarlo, fue precisamente porque se había convertido en otra cosa. Con el paso del tiempo relés la historia y te suscita algo distinto del principio. Y ese algo es en realidad lo que he ilustrado. No el cuento en sí sino todas las olas que provoca.

Cada vez entiendo que ese es mi trabajo como ilustrador. Me gusta ilustrar los efectos de la lectura y no tanto el texto. Si un texto es bueno, se defiende por sí solo. A veces incluso se estropea con las ilustraciones, y no tanto porque las ilustraciones estén bien o mal, sino sencillamente porque no dejan el espacio suficiente como para que uno disfrute la lectura. A mí me parece que el texto de Carlos es de los raros buenos textos que hay en eso que se llama literatura infantil y juvenil. Por esa razón, la primera reacción que tuve ante el texto no fue precisamente la de ilustrarlo.

 

Lo que creas realmente es la vida alrededor del texto

Exactamente. Ya que los ilustradores intervenimos en una publicación, hagamos que se proponga algo distinto a lo planteado por el texto. No sólo desde el punto de vista de no repetir, no ser literal, el rechazo a la literalidad…, ya no es eso, es más que eso, vamos a aportar. Es como las glosas, los textos antiguos, hay quien glosaba los textos; los exegetas cogían textos religiosos, filosóficos, y los comentaban. Yo creo que el trabajo de un ilustrador debería ser similar. Dejemos el texto en sí y vayamos a explicar lo que a nosotros nos sugiere, nos suscita.

 

En esto de la ilustración infantil eres un autor más que consagrado, has recibido ya dos premios nacionales, y puedes hablarnos desde la experiencia. Una vez pasado el éxtasis del premio, el aluvión de entrevistas y gente pendiente de ti, ¿qué queda en cuanto a tranquilidad en el trabajo, perspectiva, libertad al escoger temas…?

Primero, no estamos en un país civilizado (risas); en un país civilizado te dan un premio y un premio te abre puertas, aquí no. Más bien tiene un efecto de contracción, notas que los potenciales clientes toman distancia porque temen que vayas a exigir el oro y el moro.

Un premio, desde el punto de vista profesional, no es algo que te dé más posibilidades y, por otro lado, tampoco te da más libertad. Aunque la libertad yo me la he tomado siempre. Si algo de justicia hay en los premios que me han dado es el reconocimiento a haber hecho bastante siempre lo que me ha dado la gana. Por lo tanto, los premios no me han proporcionado más encargos ni más impunidad a la hora de hacer las cosas que yo quería hacer.

Sin embargo, sí fue molesto (risas), dicho así es como de desagradecido. Al principio te hace una cierta gracia porque te empiezan a llevar de aquí para allá. Pero cuando llevas tres o cuatro meses con viajes, reuniones, etc., te das cuenta de que lo que querrías es estar trabajando en casa tranquilamente. Se da esa cosa contradictoria, por un lado, si no tienes la cabeza sobre los hombros te puedes creer que eres el rey del mambo; al mismo tiempo te sientes zarandeado por algo que no controlas.   

 

Puedes leer la entrevista completa en el nº22 de Opticks Magazine, 'Instinto'

 

 

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