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Tha

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Tha

Publicación : 17 de agosto de 2016

 

Por Joan Montón Segarra

 

 

 

“No me he planteado mi carrera como una búsqueda de la utopía. Ahora bien, si miro atrás y hago balance estoy satisfecho. No para hacerme el chulo, pero puedo enorgullecerme de haber conseguido mantener una buena trayectoria, con una cierta difusión y reconocimiento.

Tras 42 años dibujando profesionalmente, seguir trabajando en libros que se venden, me satisface. Haber colaborado en Fluide Glacial y firmar tres de sus portadas, trabajar para Dreamworks en la caracterización de los personajes de la película Spirit  —¡esto más que una utopía, me sonó a broma cuando cogí el teléfono!—, significa que tan malo no debo ser, pero ¡cuidado!; sin perder de vista lo mucho que todavía me queda por aprender”.

 

Para Tha la utopía es un tío que se sube al tren, pero su viaje es imposible porque el vagón está desenganchado de la locomotora. “No me pidas explicar el concepto que me resulta demasiado difícil; ya lo explico con el dibujo”. Tha nos recibe en su vivienda, situada en el barrio de Gràcia barcelonés, muy cerquita de la emblemática Plaça del Diamant, aquel lugar que inspirara a Mercé Rodoreda su popular novela. Para la ocasión, nuestro fotógrafo Josep Maria Balagué, ha optado por la cianotipia, un antiguo procedimiento de impresión monocromo en color azul de Prusia. “Este fotógrafo me está acribillando —exclama Tha durante la entrevista— ¡Usted a lo suyo, no tema! ¡De perfil y de frente! ¡Sólo me falta el número de preso!”

 

La editorial Ominiky acaba de publicar un Art book que recopila una selección de la obra del autor en los últimos 20 años. “La gente cree que he dejado el dibujo por el jazz, pero lo que pasa es que en los últimos tiempos, mi obra se ha centrado en el campo de la ilustración y ha pasado más desapercibida”. Óscar Martín, editor de Ominiky, considera a Tha “un autor genial de estilo instransferible” cuya obra es “reflejo de su manera de entender el arte: personal y fiel a sí mismo”. Cuando le preguntamos, vía correo electrónico, por qué Tha merece protagonizar el número 16 de su colección, Óscar Martín invierte los términos: “Yo plantearía la pregunta al revés: ¿Por qué Ominiky merece tener en su catálogo a Tha, maestro e inspiración de tantos ilustradores y dibujantes?”. El libro fue presentado en la Llibreria Universal del Barcelona, el pasado 19 de diciembre. “Queremos que sea un producto exclusivo. Nosotros nos encargaremos de su distribución”, nos explica Martín. “Básicamente, vendemos los títulos de nuestra colección en el inmenso escaparate de internet, pero también estamos presentes en las ferias más potentes y tenemos librerías fieles en España, Francia y en los Estados Unidos”.

 

Nos cuenta Tha (August Tharrats. Barcelona, 1956) que en la vida, siempre hay un detonante; ese algo que se apodera de ti y que te proyecta, sin reparar en los obstáculos, hacia la senda de tu destino. Tha había descubierto a Tintín en la infancia y en el colegio de La Salle, ganaba los concursos de pintura y dibujo. En casa, se leía cada semana la revista infantil ilustrada En Patufet. “Al final de cada número, se publicaba la biografía de un dibujante. Para mí los dibujantes eran gente consagrada, de entre 40 o 50 años, pero cuando leí la biografía de Joma, un ilustrador que trabaja en La Vanguardia, que en aquella época debía tener dieciséis, me dije “¿Cómo puede ser tan joven?” y me animé. Así es que con quince años, venciendo mi timidez, me presenté en el despacho de Pere Olivé, el responsable de En Patufet, y le mostré los dibujos que llevaba en mi carpeta. “Venga, tráeme una historieta de dos páginas”. No me lo podía creer. Luego empecé a colocar algunos chistes en otra revista de la época, Mata Ratos y así empecé a darme a conocer”. 

 

 

Así que eras de Tintín.

Me gustaba mucho Hergé por la claridad de su dibujo y porque era capaz de meter al lector dentro de la historia; eso me enganchó. Como todo el mundo, yo también leía el TBO, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape... pero para mí los Hergé, Franquin, Lagaffe, eran de otro planeta. Era la misma cosa, pero bien hecha. ¡Allí había un nivel; y los coches eran coches, las vacas, vacas, las calles eran calles...! Así es que me decanté por la escuela franco-belga. Me suscribí a la revista Spirou con el dinero que empecé a ganar en Patufet y me empapé del talento de Morris (Lucky Luke), Goscinny y Uderzo (Astérix) y otros. La otra influencia gorda llegó a finales de los setenta, gracias a las revistas Cavall fort y el Pilote francés, que compraba en la Rambla, con dibujantes más realistas como Enki Bilal o Mézièrs. Cuando murió Franco surgieron revistas de cómics como Blue JeansTotem, que  nos dieron a conocer la obra de Hugo Pratt y su Corto Maltés y a Moebius con su Arzack. Fue entonces cuando definí mi estilo; una mezcla de la escuela franco-belga más mis descubrimientos juveniles, más mi admiración por Marià Fortuny y Rembrant... Con los años, todos estos ingredientes han ido confluyendo aunque la base siempre es la misma. Tanto si se trata de un Rembrant como de Snoopy, la base es la línea; el trazo.

 

 

Empezaste trabajando solo, pero luego lo normal ha sido colaborar con tu hermano, con Paco Mir, Sirvent...

… y con Zentner y Víctor Mora... ¿por qué? Yo escribía mis propios guiones en el TBO y en Papus, pero me di cuenta que había gente que los hacía mejor que yo. Era una cuestión de calidad. No es porque fuera un gandul. Mi hermano Joan, que estudiaba Psicología y que no se dedicaba a esto, empezó a entrar en mi estudio con coñas que me hacían gracia y que terminaban publicadas en el TBO. “Me gustan las ideas que tiene este tío y encima lo tengo en casa...

 

 

¡En Quatricomia 4. incluso llegasteis a trabajar a ocho manos!

Era divertidísimo. Nos conocimos en TBO y normalmente quedábamos en casa de Paco Mir cuando todavía no había creado Tricicle. Sirvent era el redactor en jefe de la revista y como éramos de la misma quinta, congeniamos y empezamos a dibujar una página que se llamaba La habichuela en la que, cada uno hacía su parte. Entonces, decidimos llamar a la puerta de El Jueves que suponía avanzar un pasito más y así nació Quatricomia 4.

 

 

También pasaste tu particular época de galeras cuando fuiste entintador, entre otros, de Paco Ibáñez. ¿Cómo te tomaste esta tarea? 

Había publicado en Patufet, en Mata ratos y en TBO. Todavía era muy jovencito. Fui a Bruguera con mi carpeta. Me dijeron que mi estilo era demasiado francés y que allí el canon a imitar eran los Mortadelos y el Doctor Cataplasma. “No, eso yo no lo hago”, les respondí y a cambio me ofrecieron entintar páginas. Había tantísima producción en Bruguera que los dibujantes no daban abasto y enviaban los dibujos a lápiz y un equipo de gente los entintaban. Por mis manos pasaron Mortadelo, Zipi y Zape y me especialicé en el Tim O'Theo, de Raf, creo yo que por proximidad estilística y afinidad de trazo, ese trazo nervioso tan característico de Raf —que dicho sea de paso, era el más artista de todo aquel grupo. También entintaba los dibujos de Segura, el moderno del grupo. Fue algo nuevo para mí. Tenía un horario laboral, fichaba y trabajaba en un estudio junto a diez personas.  A nivel de dibujo no me sirvió de mucho, pero me gustó trabajar con el Raf.

 

 

¿Hay algún motivo que explique que abandonaras el cómic por la ilustración?

Yo no lo decidí. El panorama era el que era. Las revistas de cómics fueron desapareciendo y dejé  El Jueves por cuestiones ideológicas. Como ya me había introducido en la ilustración en la editorial Vicens-Vives, me dije. “Sigamos por aquí”. Yo soy Tha y quiero hacer de Tha e intentar crear buenos dibujos. ¿En El Jueves no me dejan ser Tha? Entonces, busquemos otro lugar. Si en el mundo del cómic no me ofrecen nada, yo no tengo la culpa! Estuve treinta años haciendo cómics. Si se da la ocasión y me presentan un buen proyecto para hacer cómics, lo haré.

 

 

Un momento culminante en tu carrera ha sido trabajar para la revista francesa Fluide Glacial. He traído un volumen de Absurdus Delirium, publicado por Glénat ediciones, que es muy útil para seguir la evolución de tu estilo.

Absurdus Delirium es una serie de humor absurdo que creamos, mi hermano y yo, para la revista Cairo, aquí en España. Luego se empezó a publicar en Fluide Glacial y fuimos a París para plantearles trabajar con ellos directamente. Este libro que traes es una recopilación de material publicado en España y Francia.

 

 

Abrimos el volumen y al principio vemos dibujos en blanco y negro riguroso y más tarde entra en acción la gama de grises...  

Sí, es una evolución personal. Digamos que el blanco y negro se me quedaba corto y dejé de interesarme por la mancha negra. Usar colores o bien grises es lo mismo, la técnica es la misma. El cuerpo me pedía ir más allá, jugar con más matices y tener una linia más definida. Hoy en día, cuando dibujo en blanco y negro, siempre recurro a los grises.

 

 

...y aquí nos encontramos finalmente con la acuarela.

La acuarela es apasionante. Siempre tiene este punto de riesgo, jamás la controlas del todo. Es como el jazz cuando improvisas al piano, sabes que utilizarás unas escalas, unos acordes, pero no tienes del todo claro cómo irá. Los colores, el agua, el papel reaccionan de un modo diferente e imprevisible. Siempre existe un margen en el que interviene el azar.

 

 

¿Eres un dibujante intuitivo o necesitas de muchas pruebas?

Ambas cosas. Al principio dibujaba directamente y luego retocaba, pero con la edad, cada vez me exijo más, soy más perfeccionista y ahora hago más pruebas. Siempre dibujo aparte y luego calco el dibujo bueno. Es un proceso lento, pero tiene la ventaja que puedo controlar más el dibujo. Lo importante es no perder nunca la espontaneidad. 

 

 

¿Y dirías que eres impresionable?

Me gusta estar al corriente y cada vez me sorprendo menos porque ya tengo bastante experiencia por los años, pero todavía hay artistas que tienen la capacidad de sorprenderme. ¡Y eso es fantástico! Nadie inventa nada pero un día, por ejemplo, descubres a un tal Pascal Campion, Nicolas Nemiri, Jeremy Mann, Sergey Kolesov y dices... ¡oh, qué bien! Buena composición, buenas images... interesante. Me gusta la gente con carácter, con un estilo propio. Miró te puede gustar o no, pero es inconfundible. Hugo Pratt...

 

 

Ahora que citas a Hugo Pratt. ¿Qué opinas de la continuación de la serie Corto Maltés

Bien, bien. A mí como autor no me gustaría; muerto el creador muerto el personaje, pero si Pratt dio su consentimiento y los herederos se pusieron de acuerdo, adelante. Rubén Pellejero es un gran dibujante. Sigue muy bien la línea de Pratt, es respetuoso con la tradición y, además, aporta su sello personal. 

 

 

En los últimos tiempos hemos vivido polémicas sobre los límites de la libertad de expresión en el humor gráfico y también en el arte. ¿Cuál es tu posición?

Se puede hacer humor de todo pero no con todos. Cada uno pone sus límites.

 

 

Leí en una entrevista que te consideras un dibujante que toca el piano. ¿Sigue siendo así?

Claro. Toco el piano, pero como dibujante tengo más margen. Creo que soy honesto —cosa inhabitual en los tiempos que corren, por cierto—. Hoy todo el mundo firma libros en Sant Jordi, presenta programas de televisión, actúa... Estos mediáticos todoterreno, ¿sabes? ¡Qué poca vergüenza! ¡Es espectacular el poco rigor que tiene la gente!

 

 

¿Cómo te iniciaste con el piano?

En la escuela celebrábamos el día de Santa Cecilia (patrona de la música) y un año actuó un chaval, muy creído él, que interpretó con la armónica una típica frase de blues... y me picó, el tío ese. Nada más llegar a casa, me senté al piano y empecé a sacar aquella melodía. Mi madre, que tenía la carrera de piano, quiso darme una formación más rigurosa, pero yo no estaba entonces por la teoría musical. Como dibujante me di cuenta que había una serie de formas gráficas en el teclado de las que no podías apartarte para no “desafinar” y apliqué esos principios para la música. 

 

 

Mira. He traído este libro que ilustraste sobre las canciones de Billie Holiday. Lo dedicas a tus padres y a tus dos pasiones: el dibujo y el jazz...

…también a Txell Sust por su buen tino en la selección de los temas. Esto fue que Miquel Jurado dirigía una colección de biografías de grandes del jazz y me encargó la de Billie Holiday. Yo le advertí que Sampayo ya había publicado un cómic del tema, que también había películas y que nos arriesgábamos a caer en el “más de lo mismo”. Así es que optamos por cambiar el enfoque. Expusimos los originales en el Museo de Bellas Artes de Vitoria y durante el Festival de Jazz Txell  y yo dimos un concierto en los jardines del museo. ¡En el piso de arriba de mis dibujos se exponía a Zuloaga! 

 

 

¿Se publica demasiado?

No lo sé. Se publican trabajos que no se deberían publicar. Hoy en día, gracias al ordenador, hay muchos “valientes” que se han convertido en profesionales sin saber dibujar. Si ojeas lo que se publica para los niños ves auténticas barbaridades. ¡Qué falta de respeto! ¿Hay que dibujar peor si nuestros lectores son niños? Más bien debería ser al revés. Ya que se están formando, los niños merecen la mejor información posible, ¿no crees?. Hay una tendencia a dibujar sencillo y con colorines cuando el destinario es el público infantil. A mí me parece una opción válida, pero no la única posible. Entonces, habría que prohibirles la entrada al Museo del Prado, porque allí no se encontrarán a Bob Esponja sino a Velázquez o a Goya. Dejemos que sea el propio niño quien vaya creando sus referentes.

 

 

Además los niños son muy exigentes.

Me tomo muy en serio el trabajo de ilustrar libros de texto para los niños. Otros dirían que es un trabajo marginal. Tenemos la responsabilidad, no solo de entretenerlos, sino de formalos y hay que dibujar para ellos lo mejor que sepas. Con todo esto no quiero decir que no haya buenos artistas cultivando un estilo sencillo. En el mundo infantil se publican cosas muy buenas, también hay que decirlo, pero hay muchísimas prescindibles.

 

 

¿Cómo te planteas la ilustración de los textos?

Nunca hay que perder de vista que explicas una historia. Hay colegas que dibujan muy bien, pero no saben explicar nada. Un príncipe entra en Palacio y tú dibujas un salón del palacio con una columna brutal. ¡Oh, qué columna más espléndida! Todo lo que tú quieras, pero recuerda que lo importante era que el tío entraba en palacio. Yo pretendo complementar la historia, recrear el ambiente, añadir información, pero sobre todo me gusta crear.

 

 

Ahora esto no se lleva, se copia.

Se copia muchísimo. Bueno. De todo hay. A mí nunca me gustó copiar fotos. Cuando imparto masterclasses de acuarela les digo a los alumnos: “Si tienes que dibujar un elefante, no lo copies, sé tú el elefante. Míralo bien, por delante, por detrás y cuándo averigües cómo es, practícalo, hazlo tuyo y dibújalo como te dé la gana”.

 

 

Puedes acceder al reportaje publicado en el nº 20 de Opticks Magazine pinchando aquí.

 

 

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