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Fernando Savater

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Fernando Savater

Publicación : 16 de julio de 2015

 

Por Mª José Alés

 

 

El autor del prólogo del libro de Robert Louis Stevenson La isla del Tesoro, en la versión ilustrada por Jordi Vila Delclòs que edita la editorial Anaya y con el que iniciamos el Club de Lectura Ilustrada de Opticks, es Fernando Savater.

Para mí ha supuesto un extraordinario placer que me haya concedido la posibilidad de hacerle la entrevista que va a continuación.

Su amabilidad, su cercanía, que he agradecido personalmente, me aproximan aún más a la persona noble, valiente y comprometida que conocí por primera vez hace ya algunos años, mientras leía con mis alumnos Ética para Amador.

Después vinieron otros libros: Mira por dónde, El gran laberinto, Los invitados de la princesa, La infancia recuperada, El gran fraude… y seguí disfrutando y aprendiendo de su literatura y buen hacer.

Por todo ello y porque soy consciente de lo mucho que ama y admira al autor y a la obra con la que inauguramos nuestro Club, insisto, es un placer escuchar sus respuestas.

 

 

¿Cuándo leyó por primera vez La Isla del Tesoro y qué supuso para Ud. aquella primera lectura?

Creo que la leí con 6 o 7 años, fui un niño en eso bastante tempranero. Lo que pasa es que la primera vez no la leí completa sino resumida dentro de una colección de libros  que entonces se publicaban en España, la colección Pulga, que presentaba resumidas obras literarias importantes: Ivanhoe, Los tres mosqueteros

No obstante, la versión de La isla del Tesoro que más me impactó fue la que escuché en disco con las voces de locutores famosos de aquel tiempo, por ejemplo, Teófilo Martínez. Hasta tal punto me marcó esa versión, que en mi libro La infancia recuperada, cuando hablo de La isla del Tesoro, cito una frase que no está en la novela, pero con ella terminaba uno de los discos: Mis ojos juveniles se extasiaron en el mar infinito….

Un mar surcado por una goleta de nombre hispánico, pabellón inglés y tripulación formada por bucaneros de todos los mares, que inventó un escritor escocés al que debo algunos de mis mejores sueños.

 

¿Qué características posee este libro que lo hacen valioso en todo tiempo y para toda clase de personas?

Quizá no soy del todo imparcial en esto, de hecho, raro es el año que no la releo al menos una vez; y nunca pasan más de seis meses sin haber pensado o soñado con ella. Para mí La isla del Tesoro es la narración más pura que conozco, la que reúne con perfección más singular lo iniciático y lo épico, las sombras de la violencia y lo macabro con el fulgor incomparable de la audacia victoriosa, el perfume de la aventura marinera (que siempre es la aventura más perfecta, la aventura absoluta) con la sutil complejidad de la primera y decisiva elección moral.

Si a ello añadimos la impecable sobriedad del estilo, el ritmo narrativo que parece resumir la perfección misma del arte de contar, el vigoroso diseño de los personajes, la sabia complejidad de una intriga extremadamente simple, tendremos algunas de las razones por las que este libro es valioso.

 

Entre las cualidades que he leído atribuye Ud. a Robert Louis Stevenson está el “encanto”. ¿En qué consiste el encanto del escritor escocés?

El encanto es una cualidad difícil. Una propiedad más fácil de describir negativa que positivamente. Un algo que no es genio, ni brío, ni profundidad, ni perfección formal. Algo que puede poseer un autor menor y estar ausente de un prestigioso representante de las letras universales. Thomas Mann, cumbre de la novelística, creo que insuperable, no se puede decir que sea un escritor con encanto; es un escritor con fuerza, con una inteligencia prodigiosa, pero no con encanto.

El encanto de Stevenson es una clase de gracia especial, que no es un aditamento de la virtud, sino la virtud misma. Stevenson nos aproxima a sus personajes de una forma más entrañable, incitante, nostálgica, misteriosa; representando situaciones que relacionamos con el sueño, la imaginación, la fantasía, es decir, que no son meramente realistas, y que hasta en lo más real introducen un elemento onírico.

 

También Ud. dice que Robert Louis Stevenson es un autor eminentemente “visual”. En este caso, ¿qué aportan las ilustraciones a sus libros, en concreto, a La isla del Tesoro?

A mí me han gustado siempre los libros ilustrados. Fui niño en una época en la que no había televisión y las ilustraciones ayudaban a imaginar lo que ponía en los textos. Recuerdo también otra colección ilustrada de mi infancia, la colección Historias, con cuyas ilustraciones ponías rostro a los personajes que aparecían en ella y contemplabas algunas de sus hazañas.

Las ilustraciones ayudan a la imaginación, te hacen entrar de una manera más intensa en el relato, te aproximan a lo que en él se cuenta.

 

Pese a recibir una educación religiosa por parte de su madre y de su niñera, Stevenson no es un moralista, en el sentido de sermonear, a él le gusta la acción y la aventura. Sin embargo, a las obras dedicadas al público juvenil se les atribuye siempre un contenido moral. ¿Cuál podría ser el contenido moral de La isla del Tesoro

Primero, Stevenson fue un moralista, pero en el sentido más claro del término. Tenía una visión, digamos, muy moral del mundo. Cuando estaba allá en los Mares del Sur, escribió una serie de oraciones para leer cada domingo junto a su familia. Estas oraciones se recogieron en un bonito y curioso libro titulado Oraciones de Vailima. Incluso tiene un ensayo al que llamó Ley moral, moral laica, en el que explica sus principios morales.

Lo que sí podríamos decir es que Stevenson era un moralista sin moralina, aunque tenía, de algún modo, una visión moral del mundo.

Ahora con respecto a La isla del Tesoro, hemos de tener en cuenta que la ambigüedad moral en la que se va fraguando nuestra conciencia moral no está sólo en principios abstractos, también está en la admiración concreta a personas no descontextualizadas, sino situadas en una historia, en una narración.

Eso es lo que nos ofrece el libro, precisamente contextualizar. El joven, que ha sido educado de niño en unos principios más o menos rigurosos, que conoce personas que encarnan esa especie de moral tradicional, como su madre y el doctor Livesey, descubre de pronto que hay otro tipo de moral, personajes que son inmorales en un sentido y no lo son en otro. Por ejemplo, John Silver, hipócrita, asesino y traidor que ha cometido acciones calificadas de inmorales, no es inmoral en el sentido de la lealtad o de la amistad. Todo esto presenta esa ambigüedad que es un poco el núcleo moral del libro.

 

Robert Louis Stevenson es una persona que cae bien, una buena persona. Quizá porque pese a morir joven, a los 44 años, y pasar casi toda su vida enfermo, no se queja y hasta manda poner en su epitafio aquello de “alegre he vivido y alegre muero”. ¿De dónde extrae Stevenson esa alegría?, ¿qué cree Ud. que contribuye a que se manifieste así?

Su bonhomía reside en su carácter, no es quejumbroso. Los escoceses de aquella época eran luchadores, aventureros, viajeros, y Stevenson es así; ve la vida como una aventura. En su infancia jugaba con soldados, leía obras como Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas era una de sus pasiones.

Poseía esa idea romántica de que en el fondo la fuerza, la belleza, la energía, la rectitud terminan triunfando; que da lo mismo vivir cien años que cien días, lo importante es vivir practicando las virtudes del aire libre: coraje, alegría, veracidad, camaradería, lealtad…

Teniendo en cuenta su vida y sus obras, es fácil aceptar a Stevenson como lo que él quiso ser: ese buen amigo de antaño al que volvemos a recibir con agrado muchos años después.

 

Explica Ud. en el prólogo del libro que La isla del Tesoro se concibe en un primer momento como un juego en el que, para hacer más llevaderos los desapacibles días escoceses, participaban varias personas: el padre de Stevenson, la mujer, Fanny Osbourne, Samuel Lloyd Osbourne, el hijo de Fanny… ¿Influye eso de alguna manera en el libro final?

No en lo fundamental. El juego consistía en que Stevenson escribía los textos que iba leyendo por la noche, capítulo a capítulo, al resto de la familia. Probablemente colaboró cada uno con algo también, un detalle, un nombre (el del barco de Flint, el Walrus es una aportación de papá Stevenson, mientras que Lloyd pidió que en el relato no hubiese más mujer que la madre de Jim Hawkins).

Pese a todo, a pesar del estilo literariamente impecable y sin duda muy trabajado de la narración, hay en ella un tono vivido, compartido, propio del juego oral, de la voz del que encanta mientras cuenta y a veces es interrumpido con exclamaciones de temor y entusiasmo.

En realidad todo empieza con el dibujo de un mapa. El dibujo de un mapa, que no puede considerarse la ilustración de la novela. Es la novela la ilustración del mapa.

 

Dice Ud. que Stevenson afirmaba que todos los hombres mueren jóvenes. ¿Conservó él la curiosidad y la ingenuidad a lo largo de su vida, y con ellas la capacidad de inventar historias en las que predomina la acción sobre la reflexión?

Sí. Fue en sus últimos años, cuando su médico le escribe para recomendarle reposo en su tarea creadora, Stevenson le responderá: Sepa usted, doctor, que un hombre, muera cuando muera, siempre muere joven.

Él creía que la juventud es ser consciente de vivir. Que la juventud consiste en mantener esa especie de ingenuidad vital que te hace disfrutar permanentemente de cada momento.

El milagro, la primavera, la aventura…, conforman su mundo. En una carta dirigida al crítico William Archer, que le reprochaba una concepción excesivamente “física” de la felicidad, Stevenson le recuerda que aquel que consideró el mundo como un magnífico gimnasio, es hoy poco más que un inválido privado de los placeres más comunes.

Sin embargo, en esa misma carta, Robert Louis Stevenson se reafirma en su decisión de no decir una palabra en sus obras contra el esplendor de la vida. Advocatus iuventutis siempre.  

 

Creo que fue Rilke quien dijo que la patria del hombre es su infancia. Según Ud. Escocia está presente en las obras de Stevenson y en los últimos tiempos, allá en Samoa en el Pacífico Sur, añora muchísimo a su patria. ¿Qué aporta Escocia a la obra de Stevenson?

A pesar de vivir mucho tiempo fuera de ella, en el sur de Inglaterra, en Francia, en Norteamérica y morir en el lejano Pacífico Sur, podríamos afirmar que Stevenson nunca salió de Escocia. Su vida está marcada por el lugar donde nació, los primeros sonidos, las primeras voces, los primeros paisajes… Todo ello constituye su biografía. Una biografía para alguien que valoraba tanto la infancia y la primera juventud tenía que ser necesariamente muy importante.

Más aún tratándose de Escocia, un territorio singular: sus rocas, sus montañas, sus páramos. No se trata de un lugar anodino, o una ciudad igual que cualquier otra: No hay estrellas tan dignas de ser amadas como los faroles de Edimburgo.

Escocia fue su rincón predestinado en lo que llamaba el grande y trágico patio del recreo del mundo. La Escocia de la inspiración, del aliento, de la nostalgia.

Fueron sin duda sueños de brezos y de nieblas sobre la palidez azul de los lagos del norte los que ilustraron sus últimas noches en la cálida Vailima.

 

¿Podría decirse que con La isla del Tesoro, Robert Louis Stevenson puso de moda las historias de piratas, que desde entonces han llegado a nosotros a través de la radio, el cine, los cómics y la televisión?

Pues sí, aunque su pretensión no fuese ésa. Stevenson pensaba que los piratas, muy presentes en la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII y en la literatura del XIX, que coincide con su infancia en Escocia, cuando era admirador de autores como Robert M. Ballantyne, irían perdiendo progresivamente importancia, que los jóvenes modernos se aburrirían con sus historias considerándolas anticuadas. Así lo refleja en el poema dedicado Al comprador indeciso, con el que empieza La isla del Tesoro, cuyos versos finales expresan tal visión:

Y que a este autor y a sus piratas entonces a la tumba bajen

en la que tantos escritores y sus creaciones yacen.

Pero Stevenson pronto se dio cuenta, al comprobar el éxito del libro, que había errado en sus apreciaciones. Los piratas no desaparecieron, sino que a partir de la publicación de La isla del Tesoro adquirieron rango literario.

 

Por último, ¿qué le parece que hayamos comenzado el club de lectura ilustrado de Opticks con La isla del Tesoro? ¿Será un buen principio?

Espero que sí. La isla del Tesoro sería el libro que yo les hubiese sugerido, de habérmelo preguntado a mí. Puede ser que dentro de cincuenta o cien años se recuerden más obras como El Señor de los Anillos, los tiempos cambian.

Hoy por hoy considero que La isla del Tesoro es una novela extraordinaria, llena de matices y genialidades sorprendentes. Estoy contento de que la hayan elegido. Y diga a todo el grupo que no dejen nunca de leer. Después de esta isla hay otras muchas y todas tienen un tesoro escondido.

 

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