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Según subió al avión se tomó la primera pastilla. Cuando la azafata le rogó que se ajustara el cinturón ingirió la segunda y segundos antes del despegue despachó una tercera. Era un milagro que no se desplomara en el suelo, sin embargo algo en su sistema endocrino le hacía inmune a ciertas sustancias y le costaba dormirse. Aún así insistía.

Para ignorar al viajero de al lado. Para no escuchar a los niños de atrás. Para reducir las horas a minutos. Para no tomar ese menú incomible de los aviones. Para no tener que decir “sí” cuando el cuerpo le pedía “no”. Para no cruzar la mirada con quienes se abrazaban de verdad. Para no leer historias que jamás viviría. Para llenar de sueño el hueco del amor y morir un poco la víspera de su muerte.

Apretaba los párpados amonestándose en silencio por seguir despierto cuando sintió la presión en su hombro. De repente abrió los ojos como quien desanda la caída en un abismo. 

Teresa Viejo

07/07/14

Miró a su alrededor, todo seguía igual, cada pasajero a su historia.
¿Por qué no podré yo? Se restregó los dedos por los ojos, pidió un vaso de agua a la azafata. Un ligero intercambio de sonrisas, el roce casi imperceptible de sus manos; un vaso que, cogiendo vida propia, se desparrama entre su camisa y su pantalón. Como si de un resorte se tratara, se incorporó con tal rapidez, que la cabeza de la guapísima azafata colisionó entre su entrepierna y el respaldo del asiento. Miradas inoportunas, risitas flojas, alguna exclamación ahogada, palabras de excusa por ambas partes. Él, sin saber muy bien qué hacer, optó por sentarse nuevamente. La cabeza le estallaba, la gente lo miraba, todo se estaba volviendo tan absurdo.  Ella, no sin cierto rubor, regresaba a su puesto, visiblemente nerviosa por lo acontecido, pero más por lo visto en el bolsillo interior de la chaqueta.

         


 

Anna Boixereu Pellicer

14/07/14

'Hay que jorobarse', pensó, palpando la humedad de la pernera. No le faltaba más que aquel contratiempo. Y las drogas, muy lejos de calmar su resentido ánimo, le estaban llevando a ese estado de angustia que tan bien conocía. Recordó a su viejo profesor: “Por mucho que se corra, no se puede huir de uno mismo”.

Decidió no ir al lavabo para secarse un poco, no quería volver a señalarse. Era vital tanto para su estabilidad mental como para sus propósitos. Propósitos en los que, por el momento, tampoco deseaba pensar.

-Tome, hijo.

La anciana señora que estaba sentada junto a él en el asiento de ventanilla, y en la que, increíblemente, aún no había reparado, sostenía un pañuelo y se lo ofrecía condescendiente. Lo hacía con simpatía, carente de cualquier atisbo de burla. Por eso lo aceptó agradecido, por eso, por primera vez, sintió la necesidad de hablar.

 

 

Mª del Pilar Dueñas Caro

21/07/14

 
Y estrujando distraídamente el pañuelo le dijo, con aire ausente:
 
- ¿Sabe una cosa? Por la forma en que lleva recogido su cabello en esa larga trenza, me recuerda usted a mi madre.
 
Acto seguido se desabrochó el cinturón y, temblando de manera ostensible, cogió su mochila de debajo del asiento delantero. Después de rebuscar en su interior extrajo un billetero del cual, al abrirlo, asomó a su vez la cara sonriente de una anciana que guardaba alguna semblanza con su interlocutora.
 
Cuando la mujer, acercándose a la fotografía, le preguntó si aún vivía, a él de repente se le formó un nudo en la garganta, que logró deshacer lo suficiente como para responder:
 
- Apareció en todos los medios de comunicación. Mi madre querida murió al estrellarse un avión de esta misma compañía, hoy hace exactamente diez años.
  

Joaquim Valls Arnau

28/07/14

Comenzó a hablar sobre el accidente con aquella anciana, que le escuchaba con suma atención. Desconocía qué extraña razón le llevaba a contarle, con pelos y señales, lo que el dolor había silenciado durante años, pero lo cierto es que se sentía liberado. A medida que iba narrando los hechos, empezó a tener la sensación de que su interlocutora se iba transformando. Aquel fruncido de cejas, el dedo índice sobre la mejilla mientras escuchaba, aquella media sonrisa lista para convertirse en una mueca de dolor o en una carcajada, todo ello le resultaba tan familiar... Justo antes de terminar su relato descubrió su identidad:

 - ¡Mamá!

 Se lanzó a abrazarla, pero de súbito desapareció. Cuando la azafata se acercó, le preguntó dónde estaba la mujer que ocupaba el asiento de ventanilla.

 - Ese asiento ha permanecido vacío durante este vuelo, caballero.

   

Esperanza Temprano Posada

07/08/14

Aturdido aún por el efecto de las pastillas, se quedó sentado en su asiento y esperó a que todos los pasajeros abandonaran el avión. Sólo entonces descendió la escalerilla y, pisando el suelo con fuerza para anclarse a la realidad, entró en la terminal a recoger su maleta.

Los bultos de diferentes formas y colores girando en la cinta transportadora le mantuvieron hipnotizado hasta que no quedó ninguna sobre ella. Entonces recordó que salió precipitadamente. Sin equipaje.

Después de tanto tiempo de silenciosa ausencia había recibido una llamada: “Ven”. Sólo una palabra. La palabra tantas veces escuchada en sueños. Pero estaba seguro, ahora era real. Ella le había llamado.    

Patricia Richmond

18/08/14

Salió al recibidor del aeropuerto y se planteó qué hacer. Solo tenía su número de teléfono y el escueto mensaje que le había enviado. "Ven", decía.

Quería llamarla, saborear su voz, pero tenía miedo, Si todo aquello era una broma cruel, al menos que se lo dijese cara a cara, no por teléfono. Lo mejor, pensó, era escribirle un mensaje.

—He llegado. Estoy en el aeropuerto —tecleó y lo envió.

A los pocos segundos le llegó una respuesta.

—Ven a la salida.

Con la garganta cerrada y sudando copiosamente se dirigió a la salida sin importarle a quién o qué empujaba a su paso. Al salir lo vio y se quedó paralizado.

Un hombre fornido vestido de negro esperaba de pie junto a un coche fúnebre. Sujetaba entre las manos una cartulina blanca sobre la que se había escrito a mano, y con letra elegante, la palabra “Ven”.

Vicente F. Hurtado

25/08/14

Como se había quedado inmovilizado cerca de la puerta, entorpecía el tránsito normal de la gente que entraba y salía, que extrañada ante su postura de estatua, poco a poco también iba mirando hacía donde él dirigía la mirada. El hombre vestido de negro y, sobre todo, el gran coche fúnebre que estaba a su lado, se convertirían en unos segundos en el centro de atención de todos.

La mayoría decidió esperar a ver en qué quedaba aquello; la pancarta del hombre de negro resultaba muy sugerente y toda la escena aparentaba salir de una película de intriga. Solo faltaban las cámaras y el director sentado en su silla dirigiéndola. Pero no era así y el hombre de negro, que pareció tomar ese rol de director, ante lo que podía acontecer, optó por el guión menos imaginable. 

 

Antonio Ortuño Casas

01/09/14

Un guión que ejecutó con total parsimonia.

Agitando en el aire el cartel con el “Ven”, abrió la puerta trasera del lúgubre vehículo y levantó la tapa del féretro que reposaba en su interior.

Ante la siniestra sugerencia, el desconcertado viajero apretó con fuerza la pequeña mochila y el contenido del bolsillo interior de su chaqueta y buscó refugio entre la gente que permanecía expectante.

El hombre de negro no pareció preocuparse por ello. Con idéntica parsimonia, acompañada esta vez de una fea sonrisa, cerró la tapa del féretro y la puerta trasera del vehículo y, sin dejar de sonreír, conduciéndolo, abandonó la zona.

Era un aviso.

 

Marina Arnedo Casas

09/09/14

Jamás debió acceder a la invitación, nunca debió subir al avión. El recuerdo idílico de una relación, que por norma había resultado tormentosa, junto a la más cruel de las locuras, le condujo a seguir la orden del mensaje como un autómata. Recordaba ahora a su madre en el asiento de al lado, tanto le faltaba el consuelo de una madre.

Trajo consigo la pulsera de diamantes que le regaló el día de su primer aniversario, la guardaba en el bolsillo de su camisa. Ella se la había tirado con desprecio al suelo mientras juraba no volver su lado.

Sintió que el viaje no podría terminar allí, de esa manera. Salió a toda prisa detrás del coche fúnebre, no podía entender aquel aviso. Si ella era la autora de la siniestra comedia, la pulsera dentro del ataúd sería la respuesta que obtendría.

Silvia Salomón

17/09/14

El conductor del coche debía haber recibido instrucciones precisas porque, tras la salida, ralentizó la marcha y no le costó ningún trabajo ponerse a su altura.

A partir de ese momento, todo sucedió muy de prisa.

La tapa del ataúd volvió a alzarse, esta vez empujada desde dentro. El impacto de aquella aparición hizo que el joven no supiera bien si lo que estaba viendo era real o el exceso de pastillas consumidas en los últimos meses alteraba sus percepciones hasta los límites del delirio.

Como un autómata, sacó de su bolsillo la pulsera, extendió el brazo y la dejó caer.

La tapa del ataúd volvió a cerrarse con un sonido que al joven se le antojó lúgubre.

Quizá podía ser el sonido adecuado para poner punto final a la comedia.

 

Juan Carlos Teruel

Fin