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En la vega del río Guadalimar, no muy lejos de Jabalquinto, tenía el hermano Edelmiro su huerto. Y legua y media más arriba estaba el cortijo de la señora Crescencia, la viuda. El señor Edelmiro debía rondar los setenta años aunque conservaba el vigor y la planta de un hombretón curtido en los rigores de la sierra, donde fue guardabosques durante más de treinta años. La hermana Crescencia, que había perdido a su Julián a causa de un cólico miserere hacía más de una década, era una mujer de muy buen ver aunque ya hubiera traspasado con creces la frontera del medio siglo. Edelmiro estaba casado, con la señora Quintina, y tenía tres hijos, dos hembras y un varón; la más pequeña, Dolores –igual de corajuda que su padre, decían–, moraba todavía en el hogar paterno. Crescencia vivía con el abuelo Medardo y con Gonzalo, su único hijo. 

Ramón García Mateos

03/02/14

El primer mes del nuevo siglo, durante tres días consecutivos un viento insólito en aquellas latitudes estuvo azotando la vega, mientras sus escasos habitantes permanecían encerrados en las casas. Cuando amainó, llegó la hora del recuento de daños. En la finca de Edelmiro los cultivos fueron arrasados, pero la pequeña vivienda quedó intacta.
En el cortijo de la señora Crescencia, media docena de araucarias centenarias y otros árboles monumentales habían sido arrancados de cuajo. Aunque los más graves desperfectos afectaban a la vivienda de dos plantas con patio y caballerizas: una de las chimeneas literalmente desaparecida, tejas desprendidas y varios tabiques abatidos.
La señora Crescencia, cuyo hijo Gonzalo era un redomado holgazán, sabía que no podía contar con él para nada útil. Jabalquinto quedaba lejos, y constándole la pericia del hermano Edelmiro para cualquier tarea, mandó a una criada a que lo hiciera acudir de inmediato.

Joaquín Valls Arnau

10/02/14

La pobre criada, una joven moza que había entrado aun siendo niña a las ordenes de Crescencia, nunca había ido antes sola al pueblo y nerviosa se prestaba a caminar los casi quince kilómetros que distaba del cortijo.
La mañana sin duda iba a ser bien larga para ella y antes de salir quedó alertada por la otra criada, ya entrada en años y domesticada en todos los avatares de la vida, para que tuviera mucho cuidado en el camino. Había escuchado que últimamente merodeaban unos terribles bandoleros que asaltaban a la gente y se aprovechaban de las mujeres.
La joven criada, ahora además asustada, no tenía más remedio que obedecer a su patrona y encarar la situación como fuese, agarró un gran cuchillo de la cocina y salió a toda prisa del cortijo.

Antonio Ortuño Casas

17/02/14

La mañana era fresca, el viento había pulido el aire, los olivares estaban por fin quietos, el cielo azul, sin una nube, una bella mañana mediterránea de invierno. Así que allá iba la joven criada con el cuchillo en la mano y el miedo en la cara a servir a su señora. Bendita juventud, inocente y bella juventud. Se oyen caballos entre los olivares, la criada siente su corazón en el pecho, voces de hombres jóvenes, tal vez chavales como ella. Los caballos se acercan al camino, se ríen los jinetes, ella esconde el cuchillo y es cuando aparecen, son jóvenes, un poco mayores que ella, se ríen hasta que uno, el más guapo, les hace callar con la mano. La pobre criada se para de golpe, asustada y embrujada por los grandes ojos verdes del joven jinete.

José Ruiz

24/02/14

El desconcierto de la criada aumentó aún más cuando el joven la tranquilizó sonriendo:

-No tengas miedo, muchacha, somos gente de paz. Pero, ¿puedo saber dónde vas tan temprano y con prisas?

Sin atreverse a levantar la vista y entre tartamudeos, la muchacha habló del viento, los destrozos en la casa y el recado que, de parte de su ama Crescencia, debía dar al hermano Edelmiro.

La furibunda reacción del jinete cortó a medias su narración titubeante: -Cómo? ¿Qué estás diciendo? ¿Aún no se ha muerto esa maldita viuda?

Aterrorizada por los gritos, la joven retrocedió sin pronunciar palabra.

Al muchacho no pareció importarle porque, dirigiéndose a los que le acompañaban y con la misma indignación, explicó:

-Esa viuda, dueña de la mayor parte de las tierras que nos rodean, fue la causante de que abandonara mi casa. Estaba harto de ver cómo mi padre se humillaba ante ella.

Lucía Gil

03/03/14

Siguieron unas sonoras carcajadas.

Ginés, último hijo de Edelmiro y único varón, abandonó el hogar paterno a la temprana edad de catorce años. Cansado de las miserias del campo, y seguro de que la vida le deparaba más emociones de las que pudiera vivir cercado por las reglas de su tía Crescencia, recogió sus cosas una mañana antes de que saliera el Sol y salió a buscar fortuna.

Cinco años pasaron desde entonces y Ginés volvía a casa a caballo, acompañado por otros cinco jinetes, dispuesto a establecerse en las tierras de su padre y hacerlas prosperar.

Dirigiéndose de nuevo a la asustada criada el joven blandió su mejor sonrisa:

-Aunque ya te dije que somos gentes de paz, no tienes nada que temer, ni tú, ni tu señora. ¿Quieres subir?, debes estar cansada. Poco falta para llegar a la casa de mi padre.

Ana Romero

11/03/14

Lucía, que así se llamaba la joven criada, sintió que le temblaban las piernas debajo de las enaguas. El joven percatándose de su timidez y recato, bajó del caballo y la ayudó a subir a la silla de montar. Ella no rechazó sus manos en su cintura. Cuando Ginés se volvió a montar respiró el aroma que se desprendía de la camisa de Lucía. Por un instante le trasladó a momentos de su infancia. Ese olor a jabón, el mismo con el que su madre lavaba sus manos menudas entre las suyas, bajo el caño de agua helada de aquel patio encalado, donde se oía el eco de los relinches provenientes de las cuadras. Ginés era buen jinete. Eso lo había aprendido desde que tenía cinco años. Pero su madre era responsable de su hambre de aventura por los sueños e ilusión que impregnaban sus cuentos cada noche.

Mar Retamero

17/03/14

Partieron los jinetes al trote y Lucía con ellos, sin entender por qué sentía tanta paz, a pesar de no haber cumplido las órdenes de su ama. Algo en su interior le decía que no se culpara, que se abandonara  al tiempo. Sonrió soñadora.

Pasaron muy cerca de un nogal. El nogal donde Ginés la columpiaba de pequeña. Crescencio ataba a la rama más fuerte una soga doble con un tablerito de madera y era… ¡cómo cuando venía la feria al pueblo!

La proximidad física del muchacho avivó sus recuerdos. Vio de nuevo las cestas de mimbre que cambiaban a la gitana Dolores por hogazas de pan. Las había de todos los tamaños y en ellas guardaban cacharritos de barro que los dos modelaban y secaban al sol, mientras la burra “Jimena” lamía la sal de la losa preparada para tal uso.

¿Habría él olvidado ya todo o estaba fingiendo?

Amanda Sandoval

30/03/14

Durante un rato, los seis jinetes acompañados de Lucía continuaron la marcha en silencio. Ni el gesto pensativo de Ginés ni la presencia de la muchacha ayudaban a la conversación.

Fue al avistar a lo lejos los blancos muros de un cortijo, cuando a Ginés se le escapó un grito alborozado, mientras golpeaba con las espuelas los francos del caballo que partió al galope:

-¡Ahí está mi casa, una carrera y llegamos!

A Lucía no le quedó más remedio que abrazarse con todas sus fuerzas al cuerpo del joven para evitar ser despedida de la cabalgadura. A él no pareció importarle la presión, porque siguió con su loca carrera hasta la misma puerta del cortijo.

Alertados por el estruendo, Edelmiro, Quintina y Dolores salieron de la casa, siendo Quintina la primera que reconoció al hijo que corría a su encuentro.

-¡He vuelto, madre, he vuelto! Y giraba con ella entusiasmado.

Luis Martos García

06/04/14

Los ojos vidriosos y la alegrí­a de Quintina lo decí­a todo, no articulaba palabras para expresarle a su hijo tanta emoción contenida. Su niño estaba allí­, aquel mocoso que años atrás se lo comía a besos lo tení­a delante de su mirada a escasos centí­metros.

-Y esta muchacha, ¿qué hace aquí?

-¿Es tu novia?, el porte y belleza de Lucia, la había perturbado durante unos instantes.

-No madre, Lucia viene a visitaros y en el camino coincidimos.

Lucia interrumpió aquellos segundos mágicos entre madre e hijo, y se apresuró a decirle, -disculpe Señora Quintina. Doña Crescencia me ha enviado para pedirle que su marido le ayude. El tornado de estos días pasados ha destrozado gran parte de la casa y el cortijo presenta cuantiosos daños irreparables. Es una ruina.

-¿Y ellos están bien?, dijo la cuñada.

-Sí, todos están bien. Contestó Lucia. Pero ya sabe, Gonzalo es un flojo.

Manuel de la Fuente