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Las guirnaldas verdes y rojas resplandecían al trasluz de las bombillas. Sobre la mesa que había bajo el toldo aún quedaba bebida y comida. Vista desde balcones lejanos, la terraza sería como un lunar de luz en la cadera de la ciudad. El mar, enfrente, aclaraba la arena y disimulaba la cantinela del paseo marítimo.

Su amiga Rosario los había presentado mientras otros invitados preparaban a escondidas las velas. Antes de escuchar su nombre, él se ofreció a encenderle el cigarrillo.

-Carla, ¿y también profesora?

-Sí, también.

-Rosario me ha hablado mucho de ti, espera, un momento…

Cuando él sopló las velas, más que la tarta, ella miró con detenimiento sus mejillas y el bufido de aire que acabó con el fuego. Hubo aplausos. Luego brindaron con champán.

Todavía se preguntaba por qué había aceptado venir al cumpleaños de un desconocido cuando Rosario se le acercó por detrás y le pellizcó la espalda:

-Es un lindo apartamento, mira qué vistas, tú siempre quisiste terraza…

-Calla, no seas mala, me pones aún más nerviosa.

Use Lahoz

11/02/2013

Rosario respondió a la tímida protesta de Carla con aquella risita malévola que tantas veces le había oído desde que eran adolescentes.

Mientras tanto, varias invitadas que llevaban un rato pululando alrededor de Julián, se ocuparon diligentemente de cortar el pastel y repartir las raciones entre los presentes. Apartándose de ellas como si espantara moscas, él se aproximó hasta el rincón donde se encontraban las dos amigas. Mirando a Carla a los ojos, le preguntó sonriendo:

-¿Tú, igual que Rosario, también das clases de historia?

A lo que Carla, poniéndose colorada y atribulándose, acertó a responder:

-Pues no, mi especialidad es la lengua…

Al escucharla Rosario estalló en una sonora carcajada y se apresuró a decir, al tiempo que le hacía un guiño a Carla:

-Bueno chicos, yo tengo que marcharme, que he quedado en otro sitio y no quiero llegar tarde.

Joaquín Valls Arnau

18/02/2013

Carla quiso agarrar de la mano a su amiga para no dejarla ir, encontrándose por el contrario con la mano de Julián agarrándola de su brazo al tiempo que le decía:

-Déjala ir, se nota que tiene prisa, uno no debe llegar nunca tarde a las citas.

Carla no podría imaginar en ese instante, que unos segundos después se encontraría en una situación aún más embarazosa.

-Yo pensaba que erais pareja, bueno perdón que sois pareja.

Carla, sintiendo todavía la mano de Julián suavemente sobre su brazo, que la abrumaba aún más, no supo que decir, se quedó callada y al levantar la cabeza para tratar de responderle algo, se encontró con la boca de Julián que se aprestaba a besar la suya al tiempo que escuchaba:
-Quisiera ver qué especialista de lengua eres.

Antonio Ortuño Casas

26/02/2013

Carla, que en un principio intentó separarse de Julián, se entregó finalmente al apetecible beso que le ofrecía el joven, empujada por un deseo que hasta entonces no había sentido hacia nadie. Cuando se separaron, la joven sintió que empezaba a sentirse azorada, y no sabía cómo actuar, ante aquella pasión desconocida.
Julián, que se percató de la incomodidad de Carla, la cogió con familiaridad de la mano mientras le comentaba:

— “¡Vamos que te voy a presentar a todo un escritor!”. Me encantará ver cómo te defiendes en esa área diferente de la lengua, ahora que ya sé que dominas totalmente la otra faceta.

Carla se dejó arrastrar por el bullicio de la fiesta, mientras en su interior se alegraba de haber aceptado.

Quizás Julián era el gran amor, al que tantos años llevaba esperando...

Gloria Arcos Lado

04/03/2013

Caminaron entre los otros huéspedes como si fueran fantasmas, esquivándolos, aunque para Carla ya no existía nadie más, sólo ella y Julián. Sus cálidas manos, el sabor dulce de sus labios que aún permanecía en los suyos...

Abstraída, no se percató de que habían llegado a la terraza y que se hallaban junto a un hombre de mirada intrigante y astuta, tez pálida resaltando bajo unos mechones plateados que contribuían a su atractivo y envuelto en un aura de misterio que lo hacía aún más interesante.

-Buenas noches, Rodrigo, te presento a una experta en Lengua-, Julián no pudo reprimir una sonrisa pícara al pronunciar estas palabras.

-Vaya, Julián, cada vez apareces con una mujer más deslumbrante que la anterior. Sin embargo, no es necesario que me la presentes, nos conocemos desde hace tiempo. La miró directamente a los ojos. -¿Me recuerdas, Carla?

Desde el mismo momento en el que lo reconoció, Carla no pudo levantar la barbilla, que tenía medio enterrada en su pecho. Por supuesto que no lo había olvidado. ¿Cómo hacerlo, si él…?

Empezó el flash-back, el viaje por aquel túnel que la llevaría a paisajes lejanos...

Carolina López Tortosa

11/03/2013

La lluvia repiqueteaba en las ventanas. Típico tiempo otoñal que amenaza lluvia casi todas las tardes en el norte de España, sea verano o invierno. Aquel era un día de junio y Carla tenía 20 años menos. Se consideraba un ser asocial y le agradaba tener un largo verano por delante en el que disfrutar de la soledad y del aire puro antes de regresar al instituto en septiembre.

Para Carla, estar todo el verano lejos del tráfico de Madrid y de las broncas de los en-breve-divorciados-padres suponía un alivio. Más aún, era casi un motivo de fiesta.

Pasar las vacaciones con su abuela, una yaya hiperactiva con desbordante alegría de vivir, una alegría desconocida por Carla que no sabía de dónde podía proceder, porque en su casa nunca había disfrutado de ella, le parecía un espléndido regalo.

En breve intentaría buscar cosas que hacer. Tal vez se terminara aburriendo o no. Quizás iría a saludar al vecino Rodrigo, que tan amablemente le había presentado su yaya.

Esperanza Sanz Escudero

26/03/2013

Decidió posponer la visita hasta el día siguiente que amaneció con un sol espléndido. Rodrigo estaba sentado bajo un impresionante roble que se alzaba ante la casa como un fiel guardián. Era algo mayor que ella, con un pelo rubio y lacio que le cubría parte del rostro. Se lo apartaba continuamente de la cara con un provocativo gesto que dejaba al descubierto unos enigmáticos y cautivadores ojos grises. Nunca lo había visto en la plaza jugando con el resto de niños. Sus manos nunca estaban vacías: entre ella siempre había un libro. Tal vez fue eso lo que llamó la atención de Carla, aquella extraña singularidad era una novedad en la eterna monotonía de sus veranos. O tal vez descubrir que no era ella el único bicho raro en el pueblo, amante de los rincones apartados, del refugio que le proporcionaba la soledad. Rodrigo era diferente, no imaginaba cuánto…

Montse Augé Hernández

08/05/2012

Su abuela llevaba semanas dejando caer el nombre de Rodrigo muy aritméticamente, y poco a poco, la presión iba aumentando. Se volvió insoportable cuando abandonó las primeras sutilezas: “Anda, el mismo libro que leía este chico”, para recargar su 9mm con: “Pues este Rodrigo, es guapo, ¿no?”; al usar preguntas retóricas (sus preferidas), ella misma ponía el broche diciendo: “Porque me pilla mayor…”. Estos mensajes cifrados, que finalmente fueron proclamaciones a los cuatro vientos, dejaron tal poso en el cerebro de Carla, que el mismo día en que decidió hablar con Rodrigo, en vez de decirle cómo me gusta El señor de las moscas, dijo, cómo me gustas Señor de las moscas. Este episodio albergaría las claves del principio, desarrollo y fin de su relación. Marcada por las dudas, los miedos y un sentimiento de inferioridad que sólo sentía ella y que a él terminó por vencerle.

Almudena Sacristán

28/05/2013

Rodrigo era mayor. No demasiado en años, pero sí en esa clase de experiencias que Carla conocía a través de los libros. Unos libros que le habían permitido evadirse de la frustrante realidad familiar, convirtiéndola en una persona tan desconfiada como solitaria.
¿Qué sucedió para que todo cambiase aquel verano?, ¿para que se entregase sin reservas?
Quizá tuvo la culpa la continua insistencia de su abuela, ensalzando los muchos atributos que lucía el vecino.
Quizá el rencor que sentía evocando a sus padres.
Quizá fue sólo la necesidad, cada vez más violenta y acusada, de encontrar a alguien que venciera por fin su aislamiento.

Ahora, ante la sonrisa irónica del hombre y la manera como la miraba de forma inquisitiva, Carla soltó con brusquedad la mano de Julián y la invadió un profundo sentimiento de rabia y de vergüenza.

Mar Esteve

Fin