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Entonces aún no sabíamos nada. Entonces aún no podíamos sospechar nada.
Ella vivía en un piso diminuto en el centro, entre calles viejas con nombres de oficios ya desaparecidos. Las vigas de su casita se inclinaban sobre nuestra cabeza como las espinas de un pescado.
A veces yo tenía la sensación de haber sido engullido, como Jonás, por una ballena que convirtiera los sonidos de la calle en un eco lento, transformado el aire en océano, y el tiempo en una sensación líquida que nos cubría los miembros y los volvía perezosos, somnolientos, esclavos del calor y su ritmo atónito.

Para mí un paseo por la parte vieja sólo tenía sentido cuando me dirigía allí. El final del viaje se encontraba en aquel piso pequeño desde donde no se veía ningún parque. Aquella habitación fea, fría, al final de las escaleras envejecidas, supuso, y no lo sabíamos, el inicio de todo.

Espido Freire

01/10/2012

Como si “todo” quedara confinado allí: entre esas paredes vencidas por el peso de los años, sólo acicaladas por deseos insatisfechos.

Mientras el crujir de los escalones alertaba mi llegada, pude imaginarla: absorta en el vestido de novia jamás estrenado, sus manos trémulas tejiendo quimeras al compás de un reloj que marcaba horas retrospectivas, y el silencio arrebujado en un verde imaginario, huérfano de sonrisas, diluido en un esplendor de ilusiones ajenas.

Ya frente a la puerta de roble sentí una mezcla de emoción y temor  que -me consta- nos  asaltaba a todos por igual cada vez que la visitábamos. Con un movimiento reflejo, acomodé ese mechón que caía, obstinado, sobre mi frente, y accioné la manecilla de bronce que hacía las veces de llamador.

Ante mi estupor, apareció un chiquillo, pegoteado de caramelo, con su mismo rostro, sus mismos gestos...

Aunque todavía lo ignorábamos, fue entonces cuando todo comenzó.

Silvia Liliana Hirsch

08/10/2012

-El día menos pensado te vas a llevar una sorpresa-, era lo que solía decirme cada vez que jugaba a distraerla o me empeñaba en darle un susto detrás de otro. ¿Era aquel niño la sorpresa que, tras tantos años de juegos inacabados, me tenía reservada?

Antes de llegar si quiera a articular un –buenos días-, el pequeño ya corría escaleras arriba contando los escalones, que saltaba de dos en dos.

La puerta quedó abierta, el niño desaparecía allá a lo alto y de la puertecilla que daba a la salita, llegó un disimulado crujir de maderas. La escuché antes de verla, la olí antes de verla, incluso la vi, antes de verla. Detenida sobre sus finos pies descalzos, quitándome el aliento con un marcado caer de ojos. –Estás aquí-, dijo casi en un susurro.

Pilar Gisbert

15/10/2012

— Así es, —contesté titubeante.

— Pasa y acomódate ya sabes dónde está todo —me dijo con voz desfallecida, en la que no identifiqué su vigor de antaño—. No me encuentro en mi mejor momento —balbuceó—, ya no soy la joven que conociste, los años que hemos estado separados me han pasado factura,
pero no te quedes en la puerta, pasa, te he llamado porque tengo que pedirte un favor.

— Pídeme lo que quieras —dije cordial—, pero antes contéstame a una pregunta.

— ¡Ahora, no! Este no es momento para interrogaciones, sino para determinaciones, ¡Julián! —dijo alzando el tono de su voz cansina—. ¡Ven!

El niño acudió presto sonriendo enigmáticamente, desvelándome en su sucio rostro, tan parecido al de ella, una seguridad, tan impropia de su edad, que hizo que me sintiera cohibido al intuir que tendría que enfrentarme a algo desconocido. El día de la anunciada sorpresa había llegado.

Aurora Velasco Muñoz

22/10/2012

-La enfermedad es más grave de lo que te dije, te mentí…- después de lanzarme esa piedra se quedó tan tranquila, siempre había tenido la cara muy dura la tipa.-El padre del niño es el príncipe heredero de Cocagneland-. Se estaba pasando ya con sus confesiones.-Te engañé con el príncipe cuando estábamos casados-. Aquello ya era demasiado, iba a protestar cuando alzó la mano para detenerme con un gesto copiado de alguna telenovela y, exhibiendo una desvergüenza inaudita, bramó: - !Te pido que te ocupes de él si yo muero…! - Lo malo de los caraduras es que cuando crees que han hecho la más gorda van y, en un gracioso gesto, se superan, no hay límites para ellos.

José Ruíz

29/10/2012

Un silencio espeso y cortante eclipsó sus últimas palabras. ¿Cuidar yo de este niño?. Observé las facciones de Julián: una estrecha cañada entre el nacimiento de su pelo y las cejas, casi tan poca frente como la de ella. El caramelo pringoso le resbalaba por su comisura torcida y me miraba desafiante, con las manos en los bolsillos como si fuéramos a duelarnos.

¡Un príncipe heredero bajo mi tutela! ¡si ni siquiera estuvimos casados oficialmente! Cuando le propuse hacerlo, le regalé el vestido de novia de mi hermana, el que no pudo estrenar por culpa de aquel fatal accidente que causó tantas fisuras irreparables en nuestra relación. “Si lo llevas puesto, será como si ella nos acompañara”, le dije a Manuela, pero ella estrechó aún más su cañada frunciendo el ceño con exasperación, como si la hubiese herido en lo más recóndito de su ser.

-¿Dónde está Cocagneland?...-pregunté abstraído.

Laura Garrido Barrera

05/11/2012

- Cocagneland es un pequeño reino que queda cerca de la Polinesia, es una isla; recordarás mi estadía allí hace varios años, cuando trabajaba como fotógrafa para la revista de turismo internacional; es un sitio encantador, playas, clima cálido, casitas sobre el mar, pero… ¿Por qué se te ha dado tanto por la geografía? Cuando te comenté que iba a viajar ni te inmutaste y ahora, luego de todo este tiempo ¿me pides detalles? En Cocagneland la gente es mucho más amable y considerada que tú.

- ¡Ya lo creo! - Le respondí con ironía. ¡Empezando por sus gobernantes!

- Bien, creo que ya nos hemos desquitado - me dijo con tono conciliador.

- Tomemos un café y recomencemos nuestra charla, el tiempo escasea y lo más importante es el bienestar del niño-. ¡Ayúdame por favor!

Juan Herminio García Zeballos

12/11/2012

Aquella mirada suplicante hizo que en mi mente se instalase lentamente una repentina niebla que fue ocultando mis recuerdos del pasado, haciéndome olvidar la extraordinaria capacidad de aquella mujer para inventar historias. Su voz era una melodía que poseía el mismísimo embrujo de los cantos de sirena, condenando a mi razón a un inevitable naufragio. Pero yo ya no era el mismo. El paso del tiempo había instalado en mí una mezcla de decepción y desencanto. Ello hizo que un atisbo de lucidez apareciese y que, de repente, sacase fuerzas de flaqueza y me atreviese a enfrentarme con ella.

-Te ayudaré si me cuentas la verdad.

Montse Augé

19/11/2012

– ¿Contarte la verdad? –dijo burlona–. Tú no estás preparado para la verdad.

– ¡No te entiendo! –le espeté. Empezaba a estar harto de ella y sus tejemanejes. Y al niño… Bueno, a él solo quería perderle de vista–. Estoy cansado de tus mentiras. Quisiera que por una vez fueras sincera conmigo, ¿es tanto pedir?

– No, por supuesto que no –dijo en un susurro. Su expresión altiva había desaparecido y un miedo que yo nunca le había creído capaz de sentir se reflejaba en sus ojos–. ¿Puedes esperar aquí un momento?

– Claro –dije distraído. Cuando ella y el niño llegaron al piso de arriba sentí la necesidad de huir de aquella casa, de salir corriendo, pero no tuve tiempo.

– No puedo contarte la verdad –según bajaba las escaleras la madera crujía bajo sus pies–, pero aquí encontrarás todas las respuestas.

Sin más, me entregó la caja.

Natalia H. Tenaguillo

26/11/2012

Ésta era de madera, de tamaño algo menor al de una de zapatos. En la tapa, así como en sus laterales, un hábil artesano había realizado un fino trabajo de taracea. Cuando, picado por la curiosidad, ya me disponía a abrirla, ella giró sobre sus talones y regresó al piso de arriba, al tiempo que Julián se aproximaba hasta situarse a mi lado.

En eso que tuve un golpe de inspiración. Soy un gran aficionado a los documentales de naturaleza que emiten por televisión, y de repente me había parecido recordar que en uno de ellos reciente, en el que trataban de la pesca de altura, se habían referido a Cocagneland no como a un reino, sino como a una pequeña república. De ahí que le pidiese al crío: ¡Anda, tráeme ese atlas de la librería!

Joaquín Valls Arnau

03/12/2012

    El pequeño obedeció raudo y veloz. Y  yo aparentando una calma que no sentía, me dirigí  al índice geográfico, buscando con ansiedad aquel nombre,  Cocagneland,  que me trasladaba a lejanos lugares.

Cuando lo encontré, comprobé que efectivamente se trataba de  una república situada en una pequeña isla en la lejana Oceanía.

Aprovechando  la  ausencia  de la madre, tecleé aquella palabra en el viejo ordenador.     Google me confirmó, que era una república que había pertenecido a Francia. Además  explicaba  que  tenía una población pequeña, dedicada  casi exclusivamente  al  turismo,   aprovechando la belleza de sus  playas  y sus paisajes increíbles. También afirmaba que  el resto de la población explotaba su otra gran riqueza, las minas de diamantes.

Cuando más absorto me encontraba,  leyendo  con avidez esa información y observado atentamente por Julián, irrumpió ella en la habitación, rompiendo de golpe  ese momento de comunión, que había logrado establecer  con el pequeño.

Gloria Arcos Lado

17/12/2012

-¡Pero todavía no has abierto la maldita caja!, ¿y qué haces mirando ese maldito atlas?, ¿andas aún tras el maldito reino?

Ante semejante avalancha de “malditas” locuciones, no tuve más remedio que reaccionar de la misma manera.

-Para tu información, no es un reino sino una maldita república… -le respondí, mientras abría la caja con desgana. Pero lo que encontré en ella, me hizo parar de golpe la maldita respuesta.

Ella continuó, aprovechando mi sorpresa.

-Bueno, imagino que ya tendrás motivos suficientes para entenderlo casi todo;  así que, después de lo que estás viendo en esa caja y lo que te diré a continuación, no podrás negarte a cuidar del niño.

-Pero… ¿son…? –acerté a balbucear alucinado.

-Lo son, y su número hará que no te niegues.

-Entonces, ¿por qué  has vivido aquí si con esto habrías podido vivir como una reina?

Antonio Ortuño

16/012013

Y, al igual que Jonás salió del vientre de la ballena transformado, salí yo de aquella casa que, tiempo atrás, me había parecido un lugar mágico.

Y mágico lo era sin duda alguna. En cuestión de minutos, la mujer a la que creí admirar se transformó ante mis narices en la intrigante madre soltera de un rapazuelo descarado, nacido del lío amoroso que mantuvo a mis espaldas con el príncipe de una exótica isla del Pacífico. Si a eso añadimos su enfermedad, real o fingida, los diamantes, falsos o auténticos, y el crío que pretendía encasquetarme, la historia no tenía ni pies ni cabeza.

Así que, sin esperar rocambolescas explicaciones, abrí la puerta, bajé los escalones de tres en tres y salí corriendo sin volver la vista atrás. No porque temiera convertirme en estatua de sal si lo hacía, sino porque había quedado con un amigo para ir al cine.

Santi Abellán

Fin