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Opticks en cadena

 

Estábamos en lo alto de la escalinata de la iglesia de Cristo Rey esperando a la novia, con todos los invitados por allí, las señoras con las pamelas, los caballeros con los alfileres de corbata, y me pareció que lo que Pepe necesitaba era cierto apoyo moral en el delicado trance de casarse por vez primera, así que, en lugar de comentarle lo ridículo que se le veía embutido en el chaqué, que además le habría costado un pastón, le dije:

- Coño, Pepe, levanta ese ánimo que esto dura un par de horas y en paz.

Juan Eslava Galán

07/05/2012

Cómo le iba a decir la verdad, si la había descubierto hacía tan sólo una hora. ¡Dios mío, Pepe¡,¡ la primera vez y virgen¡ Y ella, viuda… bueno ella no era su primera vez. Cuatro matrimonios en su haber y Pepe, cinco. ¡Vamos!, ¡que mi amigo se casaba con una Mantis religiosa en versión Barbie! ¡Pobre Pepe! Con lo inocente que había sido siempre y la importancia que le había dado a la virginidad; por algo estuvo tanto tiempo en el seminario, casto y puro, hasta que la vio pasar a través de las rejas de su celda y dejó su carrera hacia el cielo. Y al verlo allí, en aquella escalinata con su traje nuevo y su pelo engominado, lo vi como un insecto próximo a su sacrificio. ¡Pobre Pepe!

Teresa Fernández Serrano

14/05/2012

Sí, ¡Pobre Pepe! Y no sólo por el impacto que iba a recibir en su noche de bodas cuando, nervioso y sin saber cómo actuar, se preparase para entrar, según sus propias palabras, en el recinto sagrado de su paraíso privado y se encontrase, de sopetón, dentro del infierno, ¡con menuda diablesa había topado Pepe! Cuatro maridos mandados directamente a la tumba, ¡cuatro! Ni uno menos, al parecer debido a la  excesiva fogosidad de la tan modosa dama. ¡Virgen Santa la que te espera macho! Tu castidad y tu inexperiencia compitiendo con la veteranía uterina de la Barbie caliente, el inexistente himen, que sueñas encontrar, frente a los embates desenfrenados que te van a exigir y que pudieran llevarte, vía rápida, a conocer a los maridos anteriores. ¡Una santa Pepe! Lo que anhelabas y, con nombre propio: santateresa o, Mata Hari: bailarina de striptease en sus ratos libres... ¡Manda huevos!

Aurora Velasco Muñoz

25/05/2012

Pero en la trastienda del pensamiento ajeno, todos le envidiaban y se devanaban los sesos intentando comprender su decisión de casarse. Pepe, con ese semblante blanquecino de celda seminarista, a penas roto por unas pecas infantiles, en la escalinata se erguía valedor de aquella mujer, deseada o quizá temida por todos. Era un misterio, y Pepe, aficionado como rata de biblioteca, a resolver enigmas, quería descubrir el porqué de la fascinación que ejercía aquella mujer sobre él; había apostado por cambiar sus principios religiosos por la intriga de aquella dama, que en breve aparecería en el umbral de la iglesia de Cristo Rey.

Por un momento el miedo se quedó en sus bolsillos y se sintió seguro pero en un gesto nervioso, escondió sus dedos temblorosos en ellos; mientras, comenzaba a sonar el himno nupcial que anunciaba la aparición de la novia. Pepe tragó saliva y se dijo a sí mismo "es la hora".

Mar Retamero Copete

28/05/2012

Ella estaba radiante, no era para menos, con un vestido de novia bien escotado mostrando sobradamente el inicio de sus imponentes senos, el pelo totalmente suelto y largo semejando casi la melena de un león, en este caso leona devoradora de hombres. La turba de doncellas invitadas a la ceremonia boquiabiertas, envidiosas por excelencia; ellos embobados cautivado por la belleza de esa muñeca ardiente, deseando el bien ajeno; yo, cautivo de lo que conocía, permanecí quieto, tratando de inhibirme cuando pasó cerca de mi, pero era difícil no mirarla, no desearla. Miré a Pepe, seguía con las manos en los bolsillos, pero esta vez con una sonrisa picara que lo delataba.

Antonio Ortuño Casas

04/06/2012

Estaba claro que Pepe deseaba que todo terminara cuanto antes  para quedarse  solo con su diosa particular.  Mientras atendía a sus invitados y les daba las gracias por su asistencia, los ojos de Pepe se escapaban, de modo perceptible, hacia aquella devoradora de hombres.

Pero no parecía que ella estuviera muy impaciente por quedarse a solas con  aquel hombre virginal, que se le ofrecía como un corderillo a punto de ser degollado.

Observaba  sus reacciones, sin dejar de preguntarme que podía buscar aquella Mata-Hari en mi amigo, pues  no se cumplía ninguna de las premisas  que suelen unir a  jóvenes y hermosas hembras con hombres sin encanto.

Pepe no tenía dinero, ni posición social. Tampoco era atractivo, ni  le sobraban cualidades como la simpatía, el saber estar o una inteligencia fuera de lo común.    Por  muchas vueltas que le diera,  no podría responder  que  había visto ella en Pepe.

Gloria Arcos Lado

11/06/2012

Pudiera ser, como decía mi mujer, que existan hombres que se esconden dentro de sí mismos, y su verdadera esencia sólo se descubra en las distancias más cortas. Mi mujer no conoce a ninguno y siempre me lo recuerda. Dice que hay mujeres que gustan de zarandajas, y de susurros empalagosos muy cerca de sus cuellos. Pero sólo de imaginar a Pepe como un romántico empedernido, un escalofrío descalabraba la idea y de nuevo afloraba mi Pepe, el Pepe de toda la vida, el que gritaba gol bajito, con un mosto en la mano, y se rascaba la entrepierna con cierta vergüenza. ¿Cómo Pepe iba a pertenecer a esa raza de hombres que embelesan con sus palabras?. ¡Ya estaba! Pepe, mi Pepe, era un semental en potencia. Le miré con disimulo por debajo de su cintura y no recordé vez alguna en la que coincidiéramos desnudos. Me quedé pensativo.

Laura Garrido Barrera

19/06/2012

¿Por qué Pepe dejó realmente el seminario? ¿Era ella la causa de aquel abandono tan inesperado? Ésa fue la explicación que dio a todo el mundo. ¿Pero era cierta? Había algo que no encajaba en aquella historia, alguna pieza del puzle se había extraviado o había sido escondida sabiamente por Pepe. El que se dejara tentar por la lujuria personificada magníficamente en el cuerpo de aquella mujer le parecía en ese momento una idea descabellada y demasiado fácil. ¿Por qué no lo había pensado antes? ¿Tal vez porque ahora veía a su amigo tan cerca del pecado como de Dios? A los pies del crucifijo, esperando al mal…Se había producido un sutil cambio en Pepe. Por primera vez lo veía en una posición dominante: desafiaba al todopoderoso en su propio templo .Le mostraba el triunfo de la tentación que había logrado derribar la supuestamente indestructible muralla de su devoción religiosa.

Montse Augé

25/06/2012

Y es que él nunca había sido así. Aún recordaba yo cómo me comunico la decisión más importante de su vida. Me gustaría saber qué piensa entonces del momento actual al pie del altar. La otra decisión que decía era la de meterse al seminario. Un apocado Pepe me llamó un domingo de Mayo a eso de la hora del vermut (quizás fue después de la misa a la Virgen, verbigracia) para convocarme en una cafetería cercana al centro tras la comida dominical con las familias respectivas. Su voz denotaba urgencia, pero a la vez calma. No sabría explicarlo, pero la realidad es que me encontré esa tarde a un ojeroso Pepe que me quería consultar cuatro cosas antes de tomar ese camino. Muy buen asesor no soy entonces. O en el seminario pasó algo que no me ha dicho ni a día de hoy.

Esperanza Sanz Escudero

03/07/2012

Cualesquiera que fuesen los motivos, era tarde para averiguarlos. Nada  impediría que se llevase a efecto la fatal decisión de Pepe.

Pero, ¿por qué fatal? Quizá la sonrisa beatífica que creí haberle observado significaba que conocía bien a aquella mujer y pretendía redimirla. Quizá la había redimido. Quizá…

¡Imposible! Pepe era un alma cándida. Un Hefesto dedicado a su personal fragua, incapaz de meterse a redentor. Mientras que la temible Afrodita,  a salvo tras el aura de respetabilidad del matrimonio, continuaría con sus devaneos.

De repente, creí escuchar una frase característica de estas ceremonias: “Que hable ahora o calle para siempre”. Raudo, me adelanté e impelí al cura a pronunciar la susodicha frase.  Entonces, se clavaron en mí los ojos verdes de la diosa novia. Juro que estaban llenos de promesas.

Así que reculé. Fingí apartar del  borde del vestido una brizna de paja, y, ¡claro está!, callé para siempre.

Mª José Alés

Fin