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Opticks en cadena

 

En el hotel donde me dijeron que encontraría a mi hermano un recepcionista desganado y quejoso me entregó una pequeña maleta que le había pertenecido, sin más trámite que mirar por encima el carnet de identidad que yo le presentaba como prueba de nuestro parentesco. Bien pensado, el documento no hacía ninguna falta. Mi hermano y yo no somos gemelos, ni siquiera mellizos, y nacimos con tres años de diferencia, pero todo el mundo dice que nos parecemos mucho, y quizás eso hace que resalten más nuestras diferencias de carácter, las vidas tan alejadas entre sí que hemos llevado casi desde siempre. Mi hermano era el mayor, yo el pequeño. Mi hermano se marchó de casa sin avisar de sus intenciones en cuanto cumplió los dieciocho, y yo, hasta estas últimas semanas, no me había alejado nunca de mi ciudad ni de mis padres. Así que llegar a ese hotel en el que había trabajado y vivido y encontrar su maleta tenía algo de reencuentro anticipado, o ilusorio.

Antonio Muñoz Molina

31/10/2011

El viaje en avión y la diferencia horaria al sobrevolar el Atlántico me había dejado agotado. Mi hotel, en San Juan de Puerto Rico, distaba unas tres calles arriba siguiendo la Avenida Mayor donde la circulación me parecía excesivamente desordenada y caótica. Rehusé el taxi que me ofreció de mala gana el recepcionista y porté la pequeña maleta andando con paso cansino. Desde que el teléfono sonó en casa de mis padres, y nos dieron la noticia, llevaba muchos días perdido en mi memoria sin poder recordar la risa de mi hermano, y aquello me preocupaba. Al desconcierto de la situación se unió mi pesar interno y mis dificultades en un viaje que me quedaba muy grande, dada mi escasa experiencia en aeropuertos y aduanas. Justo al cruzar la segunda calle, recibí un empujón que me lanzó contra un graffiti reivindicativo pintado en la pared de una entidad bancaria.

Laura Garrido

07/11/2011

El fuerte golpe que recibió mi espalda contra la pared añadió un extra de sorpresa al hecho de que era una mujer, de unos veintipocos años, la que acababa de cortarme la respiración y el paso.

-Qué...-eso fue todo lo que pude balbucear antes de que cubriese mi boca con su mejilla en lo que, para un espectador cercano, parecería un apasionado beso entre amantes.

En realidad, su boca, rozando mi oído mientras ella restregaba su mejilla en mi rostro, susurró:

-Te vigilan. Aquí corremos peligro; así que agarra esa maleta y sígueme la corriente.

Rodeó mi cintura, dirigió mis pasos hacia una pequeña pensión en la que en la vida se me habría ocurrido entrar y, tal vez adivinó mi pensamiento porque mirándome con los ojos más azules que había visto en mi vida murmuró:

-Aquí podremos hablar unos minutos antes de continuar la marcha. Entra, por favor.

Montse Aguilera

14/11/2011

La verdad es que me había quedado más noqueado con el roce de rostros entre los dos, que con su empujón que casi hace que me quiebre la espalda. Ahora doblemente atontado y mirando esos ojos azules que me llamaron fuertemente la atención, enfrentaba una situación en  la que nunca antes en mi vida me había encontrado.

Ya en la habitación de la pensión, con no mucha luz, y agarrado como una lapa a la maleta, logré articular tan sólo unas pocas palabras más, mientras no dejaba de mirar esos ojos azules, que me empezaban a ser familiares, echando la vista atrás, de hace tanto tiempo, y que por sí solos se iluminaban en la semioscuridad reinante del cuarto:

- Tú, … tú eres,…

Antonio Ortuño Casas

21/11/2011

- Sí,  me dijo ella, fijando su hermosa mirada en mis ojos. Yo soy María, la ex novia de tu hermano. Hacía muchos años que no nos habíamos visto, hasta que hace unos meses nos encontramos por casualidad y retomamos nuestra relación.

Me daba cuenta de que tenía que estar poniendo una cara extraña, como alelada, pero no me cansaba de oírla.

Yo apenas la había conocido, pero viéndola tan de cerca entendía que cuando rompieron, mi hermano sufriera un gran golpe  del que le costó mucho recuperarse.

Tarde en salir del ensimismamiento en que me encontraba metido, al regresar diez años atrás, cuando los dos nos iniciábamos del despertar a la vida y al amor, aunque él con más suerte que  yo.

Pero ahora no era el momento de recordar, sino de actuar, y no sabía por dónde empezar pero  esperaba que María me dijese qué camino tomar.

Gloria Arcos Lado

28/11/2011

Yo estaba estupefacto, pero ahí estábamos, en un cuarto bien destartalado localizado en el distrito Isla Verde de San Juan. No podía dejar de mirarla. Y a la maleta. Y a ella otra vez. María se había tornado fría de repente.

- “He estado trabajando con tu hermano Nicolás en los papeles que están en esa maleta. No tenemos tiempo que perder. Él estaba en peligro, como habrás podido suponer. Al salir del hotel no sé si te has fijado en el hombre de la entrada. Acuérdate de su cara. Recuerda su nombre. Se llama Bernard y procede de Miami. Estos documentos que hay en la maleta fueron encontrados en el fuerte de San Cristóbal hace dos años. Seguíamos la pista dejada por vuestro abuelo en esta carta, cuando tu hermano encontró la muerte.”

Le tendió la carta y cuando terminó de leer, comenzó a llorar. De alegría.

Esperanza Sanz Escudero

05/12/2011

María explotó. A su carcajada inicial le siguió un arranque de histeria desproporcionado. A mí, la muerte de Nicolás me había trasladado a un extraño estado de mutismo nostálgico. No encontraba las ganas para llorarle. Ni siquiera sentía tristeza. Sólo nostalgia de los tiempos en que éramos demasiado ignorantes para plantearnos que estas cosas podían pasar. Agarré a la chica por los brazos y le hice sentarse en el sofá rojo de pana, al lado de la fea neverita del minibar.

-María -le dije con sequedad- escúchame. Mi hermano iba a morir más tarde o más temprano; siempre ha sido un estúpido inconsciente. Su presencia en esta historia no habría hecho más que molestar y retrasar el final marcado. Así que solucionado ese problema, vas a calmarte, vas a abrir esa maleta y me vas a dar los putos papeles, que es a lo que he venido desde Madrid.

Robert Fornes

12/12/2011

-¡No tan rápido! Inquirió María. -Sé perfectamente que has venido desde Europa por esos papeles y es muy posible que te los dé, pero no es el momento de que te preocupes por eso, hay otras prioridades. Antes de entregarte los escritos, debo cerciorarme de tus propósitos. ¿Qué garantía tengo de que utilizarás correctamente la información que hay en ellos? Quiero saber cuáles son tus planes.

- ¡Pero María!- Le respondí ofuscado.- ¿Cómo decirte qué haré con algo que no sé qué es?
A esa altura de los acontecimientos, me di cuenta de la personalidad parecida de mi difunto hermano y su novia, (seguramente por eso habían sido pareja) ambos gustaban del misterio y de los estorbos hacia terceros.

María permaneció en silencio, situación que me pareció absurda, porque en realidad su postura era insostenible: exigirme dar cuentas de lo que haría, con aquello que aún no conocía. Petición surrealista por cierto.

Juan Herminio García-Zeballos

19/12/2011

Me costaba respirar por la humedad y el calor. Ella se sentó sobre la cama, las piernas cruzadas, y encendió un pitillo mal oliente.

¿Quién era ella? ¿Qué hacía yo sudando en aquella pensión puertorriqueña?

El humo me hizo toser, y, por primera vez, quise soltar una lágrima. Ella me miraba con todo el océano de sus ojos.

¿Por qué? ¿Por qué así? ¿Por qué creer que mi hermano estaba muerto? Sabía que estaba endeudado, perdido, ¿pero muerto?

Caminaba mirando la maleta. Ella me correspondía intensamente.

¿Por qué creer? ¿Por qué tan azules? ¿Por qué allí? ¿Por qué con ese calor? Yo sólo tenía que recoger la maldita maleta.

Me detuve, y con un salto me abalancé sobre la maleta. Antes de abrirla pude sentir su confusión, un grito seco y el golpe sobre la madera podrida a mi espalda. Alguien había entrado en la habitación.

Rosendo Martínez Rodríguez

02/01/2012

Cuando me desperté ya no estaban ni María, ni la maleta. Sólo estaba yo, en aquella habitación fría y desangelada, con un fuerte golpe en la nuca, y un terrible dolor de cabeza. Mientras reflexionaba, me decía a mi mismo, que debía dejar todo eso atrás.

Hasta ahora me había movido el interés por saber que había sucedido con mi hermano Nicolás, pero después de que María me comunicara su muerte, creí que debía marcharme y olvidarme de todo.

Pero los acontecimientos eran tozudos, y una y otra vez me obligaban a permanecer en Puerto Rico, para intentar resolver este enigma. Ahora además de los papeles, había otra poderosa razón para averiguarlo, María. Además debería averiguar que había tan valioso en aquella maleta como para robar e intentar matar por ella.

Gloria Arcos Gal

02/02/2012

Todas estas eran elucubraciones propias de una resaca, intenté incorporarme, pero no pude hacerlo y me tumbé de lado, necesitaba beber y mojarme la cara. Comencé a parpadear rápidamente para acabar de despertarme, me di un masaje en la nuca y por fin me levanté, salí al pasillo de la pensión en busca de un servicio, había un silencio absoluto. Mi reloj marcaba las tres cuando entré en un cuartucho con un váter y un lavatorio con una cucaracha muerta dentro, mientras orinaba sentí a mi cerebro vibrar por fin y descubrí que yo mismo era una pieza fundamental en todo esto, alguien ( tal vez mi propio hermano) me había tendido una trampa..

Mónica Carrizo

14/02/2012

Volví de nuevo al cuarto, encima de la cama, unos papeles bien ordenados, dos sobres y unas fotografías al lado. Una pequeña nota color canela en medio de todo. “Querido, tal vez algún día comprendas, hasta entonces…”. La puerta retumbó, el sonido me llegó como de otro lugar, algún inframundo en el que había logrado colarme. Volvieron los golpes. No era una persona, sino varias las que se encontraban al otro lado del frío metal.

-¡Policia!, abra la puerta-

Corrí hacia los sobres, en uno billetes, dinero del que no conocía siquiera el valor. En el otro, una especie de declaración, comenzaba con un saludo en nombre de mi hermano y acababá…, me tembló el pulso, aparté la vista sin leer el final.

-¡abra!, ¡echaremos la puerta abajo!-

La serie de fotografías terminaba conmigo recogiendo la maleta, besando a Marta, entrando en este infecto motel. Cerré los ojos, la puerta se abrió.

Elías Francés

16/04/2012

Era el final. Ahora lo comprendía. Todo estaba planeado: la olvidada maleta, María, la ya improbable muerte de mi hermano… Quizá no la carta del abuelo anunciando una cuantiosa herencia. Recordé el histerismo de la joven ante el gozo que manifesté de manera espontánea, al saberme también beneficiado.

María, cómplice de un complot para implicarme en una oscura trama de falsificación y contrabando. Trama de la que yo, según decían aquellos papeles, me consideraba único responsable. Las fotos y el dinero completaban las pruebas.

De nada allí valdrían mis disculpas. Urdieron bien la trampa. Conmigo encarcelado y tras un tiempo desaparecidos, podrían reclamar la herencia del abuelo y disfrutarla solos.

Era el final. Pero yo, ¡pobre ingenuo de provincias!, no podía ni quería comprenderlo.

Mª José Alés

Fin