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Opticks en cadena

El Puzzle

La jubilación a mediados de diciembre cayó sobre él como una losa fría. Tras cincuenta años de servicio en el Banco Exterior, un intachable expediente laboral y dos décadas de director en la céntrica sucursal 0513, el futuro que la vida le auguraba era borrascoso e incierto. Aclimatarse a un tiempo distinto, sin horarios marcados, sin citas ineludibles al filo de la tarde o sin reuniones en la central de Madrid para ajustar estrategias de mercado, márgenes de actuación o fórmulas de beneficio indirecto; acogerse con resignación a la nunca probada normalidad de una vida serena, sin estresantes momentos ni tediosas mañanas tras su mesa de despacho, su teléfono, sus viejos y ajados archivos de otra época; adaptarse a los días que habrían de venir, plañideros y lentos, marcados como reses, se le antojaba una experiencia difícil y de turbias consecuencias.

José Luís Ferris

04/07/2011

Tal vez algún cliente rezagado en enterarse del retiro le enviará algún regalo oportunista al banco. Los demás ya estarán ocupados tratando de agradarle al nuevo director. Su mujer disimula como puede la decepción de haber pasado de ser la esposa de Don Contactos, a la compañera de un jubilado. En el aire se palpa la tensión que le genera no saber qué hacer con él en casa tantas horas cada día. Claro que siempre quedan las escapadas pendientes, algún sitio que le hubiera fascinado en un viaje y adonde se hubiere prometido volver y explorar con más tiempo. Además, las visitas a los médicos que ya forman parte de la nueva rutina, ocuparán un sitio importante en la agenda.

Mónica Carrizo

11/07/2011

"¡Nueva vida! Es el momento de hacer lo que en verdad te gusta sin prisas, y además te pagan por ello", le dijo su hermano, también jubilado, con la azada en la mano, quien se había comprado un terreno y se dedicaba a recuperar especies de hortalizas que ya no se encontraban en el mercado por no ser lo suficientemente rentables. "Hay que ocupar la cabeza y el cuerpo, si no estás perdido." esta vez sostenía una calabaza azulada de formas barrocas y la miraba amorosamente.

José Ruiz

18/07/2011

Agarrado al volante, recordaba y reflexionaba su primera semana de jubilación. No podía olvidar esa calabaza rugosa que se confundía con las manos, casi irreconocibles, de su hermano mayor. Hasta hacía tan solo una semana, cuando recogió el último lápiz solitario que había quedado sobre su mesa del despacho, nunca antes se había fijado en las manos. Aquel día se miró los dedos con extrañeza, como esta mañana miró los de su hermano, como ahora se centraba en los arcos de sus nudillos sobre el volante, montañas tensas y horadadas que se cubrían de nubes al fondo de la carretera recta. Aceleró una vez más, instintivamente, como queriendo alejarse de los recuerdos; no estaba dispuesto a volver a casa.

Rosa Martín

25/07/2011

Inmerso en tales pensamientos condujo en soledad hasta alcanzar a otro vehículo, idéntico al suyo, que circulaba en el mismo sentido; dado que la línea continua de su lado le impedía el adelantamiento, redujo su marcha y guardó la distancia de seguridad. Luego observó que los ojos del líder de ruta se posaban en su retrovisor interior y desde allí atravesaban el cristal trasero, con una expresión inquisitiva que le produjo una rara sensación de desasosiego. Apenas unos instantes después un tercer turismo, del mismo modelo, se incorporó a la fila. Entonces el recién jubilado rebotó su mirada hacia atrás y se reconoció a sí mismo, con el rostro atribulado, al volante del coche que acababa de llegar.

Víctor David Leal

01/08/2011

Sobrecogido, dudó por un momento si acelerar y adelantar al coche que le precedía, o parar y esperar. La noche se cerraba sobre la estrecha carretera y la prudencia pudo a la audacia. Llevado por la curiosidad, frenó el coche y esperó a que sus acompañantes se detuviesen. Salió y, al mismo tiempo, surgieron dos hombres que, con paso quedo, comenzaron a desplazarse hacia él. Mientras caminaban, comprobó que eran imágenes suyas de años atrás. El primero vestía esa camisa de cuadros que su mujer le regaló al poco de conocerse y que él odiaba.

- Las cosas que hacemos por amor -pensó- mientras una sonrisa irónica asomó en su arrugado rostro.

El segundo vestía su traje gris y parecía unos años mayor. Una imagen –recordó- de su primer día de trabajo.

Cuando pocos pasos los separaban, levantó la mirada hacia las estrellas y preguntó:

- Entonces… ¿Aquí termina todo?

Manuel Berenguer Alés

08/08/2011

No, no es el final, es el momento de rectificar, pensó. Despacio, dejando la huella de sus zapatos en el polvo del asfalto, como si estuviera en la luna, se acercó al coche del de la camisa de cuadros y vio sentada a su mujer, joven, lozana, mirándole a través de la ventanilla abierta. Supo que volvería a bordear la galaxia por ella, que la parte oscura de su vida se alimentaba de su ausencia, y comprendió dónde estaba el botón de apagar el vacío. Acercó su cara a la de ella para decirle: “nunca, ¿me oyes?, nunca dejes de escribir poesías. Nos asomábamos a las palabras y discutíamos tardes enteras sobre sus múltiples significados, hasta descubrir que el universo entero es más pequeño que cualquiera de ellas. Nuestra vida se redujo cuando dejaste de escribir, porque solo nos quedaron los hechos, repetidos, condenadamente iguales”.

Rosa Molina

15/08/2011

La mujer que viajaba en el último coche con el hombre del traje con corbata, cruzó el universo que le separaba de él como una ligera brisa y le susurró "con esas manos tan hermosas, formadas por montañas entre las que corren los ríos que te dan la vida, puedes hacer toda la poesía que estás sintiendo, puedes reflejar todo tu desconcierto al confundir la piel de la calabaza con la de los dedos de tu hermano. Ahora tu tiempo es tuyo, no lo tienes que prestar ni alquilar. Es tu oportunidad para darle color a la vida. Ya no eres gris, como el traje del hombre que va conmigo."

Belén Molina

22/08/2011

Los primeros rayos de sol empezaban a intuirse por el horizonte. Él se encontraba de pie, entre los tres coches, tenía ante sí su pasado, su presente… y el futuro en sus manos. Podía abandonar su coche y elegir volver a enfundarse en sus tejanos o permanecer en su traje gris. De pronto sonrió, había otra opción: abandonar los tres coches. El día empezaba, el sol dejó de ser una intuición para convertirse en una presencia, acariciando cálidamente los rasgos cansados de su rostro. Todo empezaba de nuevo, tal vez el destino le estaba concediendo una nueva oportunidad, proyectando ante él una película de su vida y dejándole jugar a ser Dios. Entonces tomó una decisión.

Montse Augé

29/08/2011

En un reflejo absurdo, con la calma que lo había caracterizado y por la que alcanzara tantos elogios, cerró con llave el coche. Después apretó todo lo fuerte que pudo los ojos hasta que quedó todo oscuro, no quería ver la reacción de aquellas personas que ahora le acompañaban y juzgaban su cordura. Cruzó resuelto la carretera en dirección al mar, que lo aguardaba violento a unos cientos de metros. Las voces, tan familiares, se distorsionaban con el empuje del agua.

Desde el automóvil, 513 pasos contó, cuando el agua fría y espumosa bañó sus pies.

Elías Francés

05/09/2011

Se despojó de la ropa rápidamente. Sentía la urgente necesidad de sumergirse en el mar y de deshacerse de las imágenes grises de su pasado. Dio unas brazadas y recordó cuánto le gustaba nadar cuando era joven. Apreció cómo el agua fría se introducía por todos los recovecos de su cuerpo y le liberaba de opresiones y angustias. Siguió nadando y, de repente, era un niño y su madre le gritaba desde la orilla para que no se alejara tanto. Él no la podía oír. Disfrutaba de la ingravidez de su cuerpo y de las caricias que el mar le regalaba. El sol le hacía guiños cada vez que giraba la cabeza para tomar aire, acompañándolo en su esforzada trayectoria.

Magdalena Carrillo

12/09/2011

El rugido del agua en sus oídos le aturdió. El esfuerzo le laceraba el pecho. Hizo pie en el fondo de remolinos de arena y se quedó quieto. Las algas pegajosas flotaban en derredor y le picaba la piel con la insistencia repetitiva de sus fantasmas. Regresó pausadamente a la orilla. Hubiera querido tener el valor… Cayó de rodillas, agotado y lloroso. Él no era un punto sin retorno, era mucho más que su traje gris, su despacho alicatado de diplomas o esas manos que habían estrechado cientos. Aún dormía algo impoluto dentro de sí que clamaba por salir. Un atisbo de ingenuidad que los años y las circunstancias sepultaron. Le enfurecía haber sometido su voluntad a un conjunto de normas, a conveniencias, a otros. Había olvidado que vivir es equivocarse. Ahora lo reconocía. Gritó con todas sus fuerzas mientras las olas de agua turbia retrocedían en una inusual resaca.

María José Gil Benedicto

19/09/2011

Gritó con la sangre adherida a viejos designios, con la elocuencia de la pasión aletargada en un rincón relegado de su ser. Gritó hasta advertir que cada ola encrespaba sus ideas con inusitado entusiasmo; se sumergía en sus vísceras, alardeaba en sus venas, palpitaba al compás de lo posible.

Notó que las palabras volvían a pertenecerle, que ese redondel incandescente que sublimaba el cielo le inspiraba una nueva travesía. Entonces, brazada tras brazada en el rumbo del recuerdo, decidió confinar el traje gris a la isla de la memoria despoblada y esculpir un tiempo inédito, a ritmo de poesía.

Cientos de versos excitados bullían en su mente cuando llegó al coche: uno flamante, ávido de ser estrenado. Al tomar el volante pudo ver por el espejo retrovisor una deslucida corbata de roles rutinarios. Se despidió de ella, apretó el acelerador y partió a toda velocidad.

Silvia Liliana Hirsch

26/09/2011

De camino a casa descubrió una preocupación malsana rondando en su cabeza. Su sustituto en la sucursal, al que le habían presentado unos minutos antes de cruzar el umbral de su “vida laboral” en dirección a aquella odisea transmundana que acababa de experimentar, era un hombre de mediana edad, de aire demasiado relajado y, sinceramente, al que no se le advertían grandes dotes para lo financiero. Tanto tiempo escrutando rostros de clientes, le habían dotado de un imperfecto, aunque objetivo, carácter descriptivo que así se lo aseguraba.

Es posible que acabara fabricando un hueco el lunes para hacer una visita al Banco Exterior. Saludaría a sus antiguos compañeros, repasaría los armarios en busca de algún extravío, y se dejaría caer por su despacho. Puede que entre tanto orden, al nuevo le hiciese falta algo de ayuda para fijar un buen arranque.

Andrea Mateos

FIN